Ray Bradbury fue uno de los pocos clasicos del siglo 20. Nunca se disipa el maravilloso efecto que producen sus relatos y novelas cortas. Sus obras principales son:
CARNAVAL SOMBRIO
LAS CRONICAS MARCIANAS
EL HOMBRE ILUSTRADO
FAHRENHEIT 451MEDICINA PARA MELANCOLICOS
LAS DORADAS MANZANAS DEL SOL
EL VINO DE DIENTE DE LEONEL PAIS DE OCTUBRE
LAS MAQUINAS DE LA ALEGRIA
ALGO MALIGNO VIENE HACIA AQUI
CANTO AL CUERPO ELECTRICOMAS ALLA DE MEDIANOCHE
EL ARBOL DE HALLOWEEN
EL CONVECTOR TOYNBEELA MUERTE ES UN TEMA SOLITARIO
BALLENA BLANCA, SOMBRAS VERDES
MAS VELOZ QUE LA VISTA
MANEJANDO A CIEGAS
MAS EN EL EQUIPAJE
EL ZORRO Y EL BOSQUE y EL RUIDO DE UN TRUENO son dos de los mejores cuentos de ciencia ficcion que se hayan escrito nunca.
Hay otros cuentos suyos en mis blogs KILIMANJARO, en LOS MEJORES CUENTOS DE FANTASIA y en LA TORRE DE BABEL.
cuentos raros 1: Ray Bradbury
lunes, 23 de mayo de 2011
el zorro y el bosque
Hubo fuegos artificiales aquella primera noche, algo inquietantes quizá, pues recordaban otras cosas horribles, pero éstas eran hermosas realmente: cohetes que subían en el aire antiguo y dulce de México, y chocaban con las estrellas convirtiéndolas en fragmentos azules y blancos. Todo era agradable y suave. El aire era una mezcla de muertos y vivos, de lluvias y polvos, del olor del incienso y el olor de las tubas de bronce que lanzaban al aire los amplios compases de La Paloma. Las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en par, y parecía como si una enorme constelación amarilla hubiese caído desde el cielo de octubre y ardiese ahora en los muros de piedra. Un millón de velas esparcía colores y humos. Otros fuegos de artificio, más nuevos y mejores, echaban a correr como cometas de cola recta por la plaza fresca y empedrada, golpeaban contra las paredes de adobe del café y se elevaban luego como alambres incandescentes hacia los altos campanarios donde sólo se veían los desnudos pies de unos niños que saltaban de un lado a otro, volteando una y otra vez las monstruosas campanas, y lanzando al aire una música monstruosa. Un toro llameante saltaba por la plaza persiguiendo a los hombres, que reían a carcajadas, y a los niños, que corrían chillando.
-El año es 1938 -dijo William Travis, de pie al lado de su mujer, a orillas de la
vociferante multitud, con una sonrisa-. Un buen año.
El toro se precipitó contra ellos. La pareja se hizo a un lado y echó a correr bajo una lluvia de fuego, alejándose del ruido y la música, la iglesia y la banda, bajo la luz de las estrellas. El toro (un esqueleto de bambú y pólvora sulfurosa) pasó rápidamente llevado en hombros por un vivaz mexicano.
Susan Travis se detuvo para tomar aliento.
-Nunca me he divertido tanto.
-Es maravilloso -dijo William.
-Seguirá, ¿no es cierto?
-Toda la noche.
-No Me refiero a nuestro viaje.
William frunció el ceño y se tocó el bolsillo del chaleco.
-Tengo cheques de viajero como para toda una vida. Diviértete. Y olvídate. Nunca nos encontrarán.
-¿Nunca?
-Nunca.
Ahora alguien lanzaba al aire unos petardos gigantescos desde la torre del sonoro campanario. Los petardos caían envueltos en chispas y humo y la multitud se apartaba, y la pólvora ardía maravillosamente entre los pies de los bailarines y los móviles cuerpos.
Un apetitoso olor a tortas fritas llenaba el aire, y desde las terrazas de los cafés unos hombres observaban la escena, con botes de cerveza en las manos oscuras.
El toro estaba muerto. El fuego ya no salía de las cañas de bambú. El nombre se sacó la armazón de los hombros. Unos niños se acercaron a tocar la magnífica cabeza de papel, los cuernos verdaderos.
-Vamos a ver el toro -dijo William.
Al pasar ante la puerta del café, Susan vio al hombre. Los observaba. Un hombre blanco, con un traje blanco como la sal, corbata azul y camisa azul, y un rostro delgado y quemado por el sol. Tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos azules, y los seguía con la mirada.
Susan no se hubiese fijado si no hubiera visto aquellas botellas agrupadas sobre la mesa, junto al brazo blanquísimo: una panzuda botella de crema de menta, una clara botella de vermouth, un frasco de coñac, y otras siete botellas de diversos licores. Y al alcance de la mano se alineaban diez vasitos a medio llenar, de los cuales, y sin quitar los ojos de la plaza, el hombre bebía, de cuando en cuando, arrugando los ojos y apretando los labios delgados. En la otra mano humeaba un esbelto cigarro, y sobre una silla se amontonaban veinte cajas de cigarrillos turcos, diez paquetes de habanos y algunos frascos de agua de colonia.
-Bill...-murmuró Susan.
-Tranquilízate -dijo William-. No es nadie.
-Lo vi en la plaza esta mañana.
-No mires atrás. Sigue caminando. Haz como si miraras la cabeza del toro. Eso es. Hazme alguna pregunta.
-¿Crees que será algún investigador?
-¡No han podido seguirnos!
-¡Pueden!
-Qué hermoso toro -le dijo William al dueño.
-No ha podido seguirnos a través de doscientos años, ¿no es cierto?
-Cuidado, por favor -dijo William.
Susan se tambaleó. William la tomó por el codo y la llevó a través de la multitud.
-No te desmayes. -William sonrió, tratando de tranquilizarla-. En seguida te sentirás bien. Vayamos a ese café. Beberemos delante de ese hombre. Si es quien creemos, no sospechará de nosotros.
-No, no puedo.
-Tenemos que hacerlo. Vamos. -Y añadió en voz alta, mientras entraban en el café-: Y yo le dije a David: ¡Eso es ridículo!
Aquí estamos, pensó Susan. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿Qué tememos?
Comienza por el principio, se dijo a sí misma, recurriendo a toda su cordura. Sintió bajo los pies el piso de adobe.
Me llamo Ann Kristen. Mi marido se llama Roger Kristen. Vivíamos en el año 2155, en un mundo malvado. Un mundo que como un enorme barco negro se alejaba de la costa de la cordura y la civilización haciendo sonar su negra sirena en medio de la noche, con dos billones de personas a bordo, dirigiéndose hacia la muerte, más allá de la orilla del mar y de la tierra, hacia la locura y el fuego radiactivo.
Entraron en el café. El hombre los miraba fijamente.
Sonó un teléfono.
Susan se sobresaltó.
Recordó un teléfono que había sonado en el futuro, doscientos años después, una clara mañana de abril de 2155.
-¡Ann, te habla Rene! ¿Lo sabes ya? Me refiero a Viajes por el Tiempo, Sociedad Anónima. Viajes a Roma, al año 21 a. de C.; viajes a la batalla de Waterloo, ¡a cualquier época, a cualquier lugar!
-Rene, bromeas.
-No. Clinton Smith salió esta mañana para Filadelfia, 1776. Viajes por el Tiempo, S. A.,lo arregla todo. Es bastante caro. Pero, piensa... ¡Ver realmente el incendio de Roma, y a Kublaikhan y Moisés, y el mar Rojo! Probablemente ya hay un aviso en tu correo neumático.
Ann abrió el cilindro y allí estaba el aviso, impreso en una hoja metálica.
¡LOS HERMANOS WRIGHT EN KITTY HAWK! ¡ROMA Y LOS BORGIAS! ¡Viajes por el Tiempo S. A. lo viste a usted y lo mezcla con la multitud el día del asesinato de César o Lincoln! Garantizamos enseñanza de cualquier idioma, para que usted pueda visitar fácilmente cualquier civilización, cualquier año, sin molestias. Latín, griego, norteamericano vulgar. ¡Elija el tiempo de sus vacaciones y ya no sólo el sitio!
La voz de Rene resonaba en el teléfono:
-Tom y yo salimos mañana para 1492. Están arreglándolo todo para que Tom pueda embarcar en una de las carabelas de Colón. ¿No es asombroso?
-Sí -murmuró Ann, estupefacta-. ¿Y qué dice el gobierno de esta compañía de máquinas del tiempo?
-Oh, la policía vigila el asunto. Temen que la gente rompa los convenios, se escape y se esconda en el pasado. Todos tienen que dejar una garantía: su casa y sus bienes. Al fin y al cabo estamos en guerra.
-Sí, la guerra -murmuró Ann-. La guerra.
Y allí, de pie, al lado del teléfono, Ann pensó: ésta es la oportunidad de la que tanto hemos hablado yo y mi marido, la que hemos esperado durante años y años. No nos gusta este mundo de 2155. Roger quiere dejar su trabajo en la fábrica de bombas, yo mi puesto en el laboratorio de cultivos patógenos. Quizá logremos huir a través de los siglos hasta un país salvaje donde nunca podrán encontrarnos ni traernos de nuevo aquí para quemarnos los libros, censurarnos las ideas, aterrorizarnos las mentes, ensordecernos con radios...
Estaban en México en el año 1938.
Susan contemplaba las manchadas paredes del café.
Los buenos trabajadores del Estado del Futuro podían descansar en el pasado. Y Ann y Roger habían retrocedido hasta 1938, a la ciudad de Nueva York, y habían disfrutado de los teatros y de la estatua de la Libertad que aún se alzaba, verde, en el puerto. Y al tercer día se habían cambiado las ropas, los nombres, y habían huido.
-Tiene que ser -murmuró Susan, observando al hombre-. Esos cigarrillos, los cigarros, los licores... ¿Recuerdas nuestra primera noche en el pasado?
Hacía un mes, en aquella primera noche, antes de venir a México, habían bebido los licores raros, habían comprado y saboreado comidas insólitas, perfumes, cigarrillos, todo lo que escaseaba en un futuro donde sólo la guerra era importante. Habían perdido la cabeza. Habían entrado en tiendas, bares, cigarrerías, y habían ido, cargados de paquetes, a encerrarse en el cuarto, a enfermarse de un modo maravilloso.
Y ahora ese desconocido hacía lo mismo. Sólo un hombre del futuro podía hacer eso, un hombre que hubiese soñado años y años con cigarrillos y licores.
Susan y William se sentaron y pidieron una bebida.
El desconocido les examinaba las ropas, el pelo, las joyas... el modo de caminar y de sentarse.
-Siéntate con naturalidad -dijo William entre dientes-. Como si hubieses usado estas ropas toda la vida.
-Nunca debimos escaparnos.
-¡Dios mío! -dijo William-. El hombre viene hacia aquí. Déjame hablar.
El desconocido se inclinó ante ellos. Se oyó el leve entrechocar de los talones. Susan se estremeció. ¡Ese ruido militar! Inconfundible como el de esos espantosos nudillos que golpean la puerta en medio de la noche.
-Señor Roger Kristen -dijo el desconocido-, usted no se recoge los pantalones al sentarse.
William se quedó helado. Se miró las manos que descansaban inocentemente sobre sus piernas. El corazón de Susan latía apresuradamente.
-Usted me confunde -dijo William con rapidez-. No me llamo Krisler.
-Kristen -corrigió el desconocido.
-Soy William Travis -dijo William- y no veo en verdad por qué se interesa usted en mis pantalones.
-Lo siento.-El desconocido apartó una silla y se sentó-. Digamos que pensé que lo conocía porque no se recogió los pantalones. Todo el mundo lo hace. Pues si no, los pantalones se deforman. Vengo de muy lejos, señor... Travis, y necesito compañía. Mi nombre es Simms.
-Señor Simms, apreciamos de veras su soledad, pero estamos cansados. Mañana salimos para Acapulco.
-Un sitio encantador. Justamente mañana buscaré allí a unos amigos. No deben de andar muy lejos. Terminaré por encontrarlos. ¡Oh!, ¿la señora no se siente bien?
-Buenas noches, señor Simms.
William y Susan se alejaron hacia la puerta. William apretaba con fuerza el brazo de su mujer. El señor Simms volvió a hablarles. No lo miraron -Ah, me olvidaba -exclamó el hombre. Calló y luego dijo, lentamente-: 2155.
Susan cerró los ojos, y sintió que le faltaba el piso. Siguió caminando, a ciegas, hacia la plaza iluminada.
Llegaron al cuarto del hotel y cerraron la puerta con llave. Susan se echó a llorar, y allí se quedaron, de pie en la oscuridad, mientras el cuarto daba vueltas. A lo lejos estallaban los petardos, y las risas llenaban la plaza.
-Qué hombre desfachatado -dijo William-. Sentado ahí, examinándonos de arriba a abajo, como a animales, sin dejar de fumar sus malditos cigarrillos, sin dejar de beber.
-¡Debí haberlo matado! -William parecía histérico-. Hasta tuvo el descaro de darnos su nombre verdadero. El jefe de policía. Y ese asunto de mis pantalones. Dios mío. Debí habérmelos recogido cuando me senté. Es un gesto automático en esta época. No lo hice, y eso me diferenció de los demás. Ese es alguien que nunca usó pantalones, pensó Simms, un hombre acostumbrado a los uniformes, a las modas del futuro. No tengo perdón. Me he traicionado.
-No, no, fue mi modo de caminar. Estos tacos altos, eso fue. Nuestros cabellos recién cortados. Todo en nosotros es raro e incómodo.
William encendió la luz.
-Está observándonos. Todavía no está seguro... no totalmente. No podemos escaparnos ahora. Confirmaríamos sus sospechas. Iremos a Acapulco como si no pasara nada.
-Quizá ya sabe a qué atenerse, y está jugando con nosotros.
-Es muy capaz. Le sobra tiempo. Puede entretenerse aquí, si quiere, y llevarnos de vuelta al futuro en un instante. Puede engañarnos durante días enteros, riéndose de nosotros.
Susan se sentó en la cama secándose las lágrimas que le cubrían el rostro, respirando el viejo olor del incienso y la pólvora.
-No harán una escena, ¿no es cierto?
-No se atreverán. Esperarán a que estemos solos. Únicamente entonces podrán meternos en la Máquina del Tiempo.
-Hay una solución entonces -dijo Susan-. No estemos nunca solos. Mezclémonos con la gente. Podemos hacer un millón de amigos, visitar los mercados, dormir en las municipalidades de todos los pueblos, pagar a la policía para que nos proteja hasta que descubramos un modo de matar a Simms. Nos disfrazaremos con ropa nueva, como mejicanos por ejemplo.
Se oyó el ruido de unos pasos.
Apagaron la luz y se desvistieron en silencio. Los pasos se alejaron. Una puerta se cerró.
Susan se detuvo junto a la ventana y miró la plaza sombría.
-Así que ese edificio es una iglesia.
-Si.
-Siempre me pregunté cómo sería una iglesia. Nadie ha visto ninguna desde hace tanto tiempo. ¿Podemos visitarla mañana?
-Es claro. Ven a acostarte.
Descansaron envueltos por las sombras del cuarto.
Una hora y media más tarde sonó el teléfono. Susan levantó el receptor.
-¿Hola?
-Los conejos pueden esconderse en el bosque -dijo una voz- pero el zorro acabará por descubrirlos.
Susan colgó el receptor y se acostó de espaldas, rígida y helada.
Afuera, en el año 1938, un hombre con una guitarra tocó tres canciones, una después de otra.
Durante la noche, Susan estiró la mano hasta casi tocar el año 2155. Sintió que los dedos le resbalaban por la fresca superficie del tiempo, como por una tela ondulada, y oyó el insistente taconeo de las botas y un millón de bandas que tocaban un millón de marchas militares, y vio las cincuenta mil hileras de cultivos patógenos en sus tubos de vidrio aséptico, y la mano que se adelantaba hacia ellos en esa enorme fábrica del futuro.
Los tubos de gérmenes de lepra, peste bubónica, tifus, tuberculosis... y luego la explosión. Vio que la mano le ardía hasta convertirse en una pasa arrugada, y sintió una sacudida tan grande que el mundo se alzó y cayó, los edificios se derrumbaron, y la gente sangró y quedó tendida en el suelo, en silencio. Volcanes, máquinas, vientos, aludes, callaron también, y Susan se despertó, sollozando, en la cama, en México, muchos años antes...
Por la mañana temprano, después de una única hora de sueño, William y Susan se despertaron con el estruendo de unos ruidosos automóviles. Susan observó desde el balcón de hierro a las ocho personas que salían charlando, gritando, de camiones y autos adornados con rojos letreros. Un grupo de mexicanos rodeaba los camiones.
-¿Qué pasa? -le preguntó Susan a un niño.
El niño gritó algo desde la calle.
Susan se volvió hacia su marido.
-Una compañía norteamericana de películas que viene a filmar aquí.
William se estaba dando una ducha.
-Interesante -dijo-. Iremos a verlos. Creo que será mejor que no nos vayamos hoy. Trataremos de confundir a Simms. Miraremos la filmación. Dicen que la técnica del cine primitivo era algo sorprendente. Olvidémonos de nosotros.
De nosotros, pensó Susan. Durante unos segundos, bajo la luz brillante del sol, había olvidado que en alguna parte, en ese mismo hotel, los esperaba un hombre, un hombre que fumaba mil cigarrillos. Observó a los ocho felices y ruidosos norteamericanos y deseó gritarles:
-¡Sálvenme, ocúltenme, ayúdenme! Tíñanme el pelo, píntenme los ojos, vístanme con ropas raras. Necesito que me ayuden. ¡Soy del año 2155!
Pero las palabras se le atragantaron. Los funcionarios de Viajes por el Tiempo, S. A., no eran tontos. Antes de iniciar el viaje le ponían a uno en el cerebro una barrera psicológica. No era posible decir dónde o cuándo se había nacido, ni hablar del futuro con los hombres del pasado. El futuro y el pasado debían protegerse el uno del otro. Sólo con esa barrera se podía viajar, sin vigilancia, a través de las edades. Los que viajaban por el ayer no alteraban de ese modo el futuro. Aunque Susan sintiese unos terribles deseos de hablar, no podía decir quién era ella, ni cuál era su vida.
-¿Vamos a desayunar? -dijo William.
El desayuno se servía en el gran comedor. Jamón con huevos para todos. La sala
estaba llena de turistas. Las gentes de la compañía cinematográfica -seis hombres y dos mujeres- entraron riendo a carcajadas, moviendo las sillas. Susan se sentó cerca de ellos, gozando de la cordialidad y la protección que brotaba del grupo, sin preocuparse ni siquiera del señor Simms que bajaba por las escaleras, fumando intensamente su cigarrillo. Simms la saludó con un movimiento de cabeza, y Susan le devolvió el saludo, sonriendo, pues frente a ese grupo de gente de cine, ante veinte turistas, el hombre era casi inofensivo.
-Quizá podamos conquistar a dos de esos actores -dijo William-. Decirles que se trata
de una broma, vestirlos con nuestros trajes, y hacerlos escapar en nuestro coche en un momento en que Simms no pueda verles las caras. Si pueden engañarlo unas horas, quizá podamos llegar a la ciudad de México. Tardará en encontrarnos.
-¡Eh!
Un hombre gordo, con el aliento lleno de alcohol, se inclinó hacia ellos.
-¡Turistas norteamericanos! -gritó-. Estoy tan cansado de estos nativos. ¡Los besaría, de veras! -Les estrechó las manos-. Vamos, coman con nosotros. La desgracia necesita compañía. Yo soy el señor Desgracia, ésta es la señorita Tristeza, y éstos son el señor y la señora Odiamos-México. Todos lo odiamos. Hemos venido a filmar las primeras escenas de una condenada película. El resto del reparto llegará mañana. Me llamo Joe Melton; Soy el director. ¡Qué país infernal! Funerales en las calles, gentes que se mueren. Vamos, vengan aquí. Júntense con nosotros. Levántennos el ánimo.
Susan y William se reían.
-¿No soy cómico? -preguntó el señor Melton mirando a sus acompañantes.
Susan se sentó junto a ellos.
-¡Maravilloso!
El señor Simms los miraba con furia.
Susan le hizo una mueca.
El señor Simms se adelantó entre las mesas y sillas.
-Señor Travis, señora -les dijo-, creí que desayunarían conmigo.
-Lo siento -dijo William.
-Siéntese, hombre -dijo el señor Melton-. Los amigos de mis amigos son también mis amigos.
El señor Simms se sentó. Las gentes de la compañía cinematográfica hablaban a gritos. El señor Simms dijo en voz baja:
-¿Durmieron bien?
-¿Usted no?
-No estoy acostumbrado a los colchones de resortes -explicó el señor Simms cansadamente-. Pero no importa. Me pasé la mitad de la noche probando cigarrillos y comidas. Raros, fascinantes. Todo un arco iris de sensaciones, estos antiguos vicios.
-No sabemos de qué habla -dijo Susan.
-Sigue la comedia. -El señor Simms se rió-. Todo es inútil. Lo mismo esta estratagema de los grupos. Ya los veré a solas. Tengo una paciencia infinita.
-Oigan -interrumpió el señor Melton, con el rostro enrojecido-, ¿está molestándolos ese individuo?
-No pasa nada.
-Avísenme y lo sacaremos de aquí a empujones.
Melton se volvió para gritar algo a sus compañeros.
El señor Simms continuó en medio de las risas:
-Vayamos al centro de la cuestión. Los seguí durante un mes por pueblos y ciudades, y luego ayer, todo el día. Si vienen conmigo sin protestar, haré lo posible para que no los castiguen. Siempre que usted, señor Kristen, vuelva a su trabajo en la fábrica de bombas de hidrógeno.
-¡Oigan hablando de ciencia durante el desayuno! -observó el señor Melton, que había
escuchado el final de la frase.
Simms continuó, imperturbable:
-Piénsenlo. No pueden escapar. Si me matan. vendrán otros.
-No sabemos de qué habla.
-¡Basta! -dijo Simms, irritado-. ¡Usen su inteligencia! Saben muy bien que no podemos permitir que se escapen. Otras gentes de 2155 querrían hacer lo mismo. Necesitamos gente.
-Para matarla en la guerra -dijo William.
-¡Bill!
-No te preocupes, Susan. Le hablaremos en su mismo lenguaje. No podemos escapar.
-Excelente -dijo Simms-. En verdad, son ustedes unos románticos incorregibles. Huyendo de sus responsabilidades.
-Huyendo del horror.
-Tonterías. Sólo una guerra.
-¿De qué hablan? -preguntó el señor Melton.
Susan quiso decírselo. Pero sólo podía hablar de generalidades. La barrera psicológica admitía sólo eso. Generalidades, como las que discutían Simms y William.
-Sólo la guerra -dijo William-. ¡La mitad de la población mundial destruida por bombas de lepra!
-Los habitantes del futuro -indicó Simms- están resentidos. Ustedes dos descansando en una especie de isla tropical mientras ellos se precipitan en los abismos infernales. La muerte quiere muerte. Se muere mejor si se sabe que a otros les pasa lo mismo. Es bueno oír que no se está solo en la tumba. Soy el guardián de ese resentimiento colectivo.
-¡Miren al guardián del resentimiento! -dijo el señor Melton a sus acompañantes.
-Cuanto más me hagan esperar, peor para ustedes. Lo necesitamos en la fábrica de bombas, señor. Vuelvan. No habrá torturas. Más tarde, lo obligaremos a trabajar, y cuando las bombas estén terminadas, ensayaremos en usted algunos nuevos y complicados aparatos.
-Le propongo algo -dijo William-. Volveré con usted si mi mujer se queda aquí, lejos de la guerra.
El señor Simms pensó unos instantes.
-Bueno. Estaré en la plaza dentro de diez minutos. Tenga listo el coche. Iremos a un lugar donde no haya gente. La Máquina del Tiempo nos estará esperando.
Susan apretó con fuerza el brazo de su marido.
-¡Bill!
-No discutas. -William la miró-. Está decidido. -Y añadió dirigiéndose a Simms-: Una cosa. Anoche pudo entrar en nuestra alcoba y secuestrarnos. ¿Por qué no lo hizo?
-Digamos que estaba divirtiéndome. ¿Qué les parece? -replicó perezosamente el señor Simms, chupando otro cigarro-. Me disgusta dejar este clima maravilloso, este sol, estas vacaciones. Lamento dejar los vinos y el tabaco. Oh, lo lamento de veras... En la plaza entonces, dentro de diez minutos. Protegeremos a su mujer. Podrá quedarse aquí el tiempo que quiera. Despídanse.
El señor Simms se levantó y salió del comedor.
-¡Ahí va el señor de los grandes discursos! -le gritó el señor Melton. Se volvió y vio a Susan-. Eh, alguien está llorando. La mesa del desayuno no es sitio para llorar, ¿no es cierto?
A las nueve y cuarto Susan miraba la plaza desde el balcón del hotel. El señor Simms estaba allá abajo sentado en un fino banco de hierro, con las piernas cruzadas. Mordió la punta de un cigarro y lo encendió cuidadosamente.
Susan oyó el ruido de un motor, y allá, de un garaje situado en lo más alto dc la calle, salió el coche de William y descendió por la cuesta empedrada.
El auto se acercó velozmente. Cuarenta, cincuenta, sesenta kilómetros por hora. Las gallinas saltaban en la calle. El señor Simms se sacó su blando sombrero dc paja, se enjugó la frente rosada, se puso otra vez el sombrero, y vio el coche.
Se acercaba a ochenta kilómetros por hora, directamente hacia la plaza.
-¡William! -gritó Susan.
El coche golpeó estrepitosamente el cordón de la acera, dio un salto y corrió sobre las losas hacia el banco verde del señor Simms. El hombre soltó su cigarro, dio un grito, y alzó las manos. El coche lo golpeó. El cuerpo del señor Simms saltó en el aire y rodó por la acera.
En el otro extremo de la plaza, con una rueda rota, el coche se detuvo. La gente corría. Susan entró en el cuarto y cerró la ventana.
Al mediodía, pálidos, tomados del brazo, William y Susan salieron del palacio municipal.
-Adiós, señor -dijo el alcalde-. Señor.
La pareja se detuvo en la plaza donde la multitud señalaba las manchas dc sangre.
-¿Te citarán otra vez? -preguntó Susan.
-No Ya me han preguntado bastante. Fue un accidente. Perdí el dominio del coche. Hasta lloré ante ellos. Dios sabe que tenía que desahogarme. De cualquier modo. Tenía ganas de llorar. Odié tener que matarlo. Nunca hice nada semejante.
-No te iniciar un juicio.
-Hablaron de eso, pero no. Hablé más rápidamente que ellos. Me creyeron. Fue un accidente. Asunto terminado.
-¿Adónde iremos? ¿A la ciudad de México? ¿A Uruapán?
-El auto está en el taller de reparaciones. Estará listo a las cuatro de la tarde. Luego escaparemos.
-¿No nos seguirán? ¿Simms estaría solo?
-No sé. Hemos ganado un poco de tiempo, me parece.
Las gentes de la compañía cinematográfica estaban saliendo del hotel. El señor Melton se acercó corriendo hacia ellos.
-He oído lo que pasó. Mala suerte. ¿Está todo arreglado? ¿No quieren distraerse un poco? Vamos a filmar algunas escenas en la calle. ¿Quieren mirar? Les hará bien.
William y Susan siguieron al señor Melton.
La cámara filmadora fue instalada sobre el empedrado de la calle. Susan miró el camino que descendía, alejándose, y la carretera que llevaba a Acapulco y el mar, bordeado por pirámides y ruinas, y pueblecitos de casas de adobe con muros amarillos, azules y rojos, y llameantes buganvillas, y pensó: Andaremos por los caminos, nos mezclaremos con grupos y multitudes, en los mercados, en los vestíbulos; pagaremos a la policía para que nos vigilen, instalaremos cerraduras dobles; pero siempre rodeados de gente, nunca solos, siempre con el temor de que la primera persona que pase a nuestro lado sea otro Simms. No. Nunca sabremos si los hemos engañado. Y siempre, allá adelante, en el futuro, estarán esperándonos, para quemarnos con sus bombas, enfermarnos con sus gérmenes, ordenar que nos levantemos, que nos demos vuelta, que saltemos a través del aro. Seguiremos huyendo por el bosque, y nunca nos detendremos, y nunca volveremos a dormir.
Se había reunido una muchedumbre para observar la filmación. Susan observaba a la gente y las calles.
-¿Ningún sospechoso?
-No. ¿Qué hora es?
-Las tres. El coche ya estará casi listo.
Las pruebas terminaron a las cuatro menos cuarto. El grupo volvió al hotel, conversando animadamente. William se detuvo en el garaje.
-El coche estará arreglado a las seis -dijo saliendo del taller, pensativo.
-¿Pero no más tarde?
-No. No te preocupes.
Ya en el vestíbulo del hotel, William y Susan miraron a su alrededor buscando a alguien que estuviera solo, alguien que se pareciese al señor Simms, alguien con el pelo recién cortado, y envuelto en nubes de tabaco y perfume. Pero el vestíbulo estaba desierto. El señor Melton comenzó a subir por la escalera y dijo:
-Bueno, ha sido un día terrible. ¿Quieren refrescarse un poco? ¿Martini? ¿Cerveza?
-Quizá. Un vaso.
El grupo invadió el cuarto del señor Melton. Se repartieron unas copas.
-Fíjate en la hora -dijo William.
La hora, pensó Susan. Si tuvieran algunas horas por delante. Sólo quería sentarse en la plaza, durante todo un día de octubre, sin preocupaciones, sin pensamientos, con el sol en los brazos y la cara, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, sonriéndole al calor. Sólo quería dormir al sol de México, dormir profundamente, fácilmente, felizmente, muchos, muchos días...
El señor Melton abrió una botella de champaña.
-A una dama muy hermosa, a una dama que podría figurar en un film -dijo, alzando su copa hacia Susan-. Tendría que sacarle una prueba.
Susan se rió.
-De veras -dijo Melton-. Es usted encantadora. Podría convertirla en una estrella de cine.
-¿Y llevarme a Hollywood? -exclamó Susan.
-Lejos de este infierno de México, eso es.
Susan miró a William y ‚éste alzó una ceja y asintió en silencio. Sería un cambio de escena, de ropas, de nombre, quizá. Y viajarían con otras ocho personas. Una buena protección contra cualquier interferencia del futuro.
-Parece maravilloso -dijo Susan.
Sentía ya los efectos del champaña. La tarde se deslizaba suavemente. La reunión se animaba a su alrededor. Por primera vez, después de muchos años, se sintió a salvo, y bien, realmente feliz.
-¿Y qué clase de películas haría mi mujer? -preguntó William llenando otra vez su copa.
-Bueno, a mí me gustaría una historia de suspense -dijo Melton-. La historia de una pareja como ustedes.
-Siga.
-Una historia de guerra, quizá -dijo el director observando a contraluz el color de su bebida.
Susan y William esperaban.
-La historia de una pareja que vive en una casita, en una callejuela, en el año 2155, quizá -dijo Melton-. Sólo como un ejemplo, es claro. Pero esta pareja es alcanzada por una guerra terrible: superbombas de hidrógeno, censura, muerte y entonces... -y aquí está el nudo de la historia-... escapan al pasado, seguidos por un hombre que ellos suponen lleno de maldad, pero que sólo trata de señalarles el camino del deber.
La copa de William cayó al piso.
-Y esta pareja -continuó el señor Melton- se mezcla confiadamente con un grupo de gente de cine. Así creen estar más seguros.
Susan se dejó caer en una silla. Todos observaban al director. El señor Melton bebió un sorbo de vino.
-Ah, qué vino magnífico. Bueno, este hombre y esta mujer no comprenden, parece, qué
importantes son en ese futuro. Él, principalmente, es el hombre clave en la construcción de una nueva bomba. Así que los policías no reparan en gastos o molestias para encontrarlos, capturarlos y devolverlos al futuro. Al fin consiguen llevarlos a la habitación de un hotel, donde nadie puede verlos. Estrategia. Los policías actúan solos, o en grupos dc ocho. De ese modo no podrán fracasar. ¿No cree usted que sería una magnífica película, Susan? ¿No lo cree usted, Bill?
El director vació la copa.
Susan, inmóvil, miraba el vacío.
-¿Un poco de champaña? -dijo el señor Melton.
William sacó su revólver e hizo fuego, tres veces. Uno de los hombres cayó al piso. Los otros corrieron. Susan gritó. Una mano le cerró la boca. El revólver estaba ahora en el suelo, y William forcejeaba tratando de librarse de los brazos de los hombres.
-Por favor -dijo el señor Melton sin moverse. La sangre le corría por los dedos-. No empeoremos las cosas.
Alguien golpeó la puerta.
-¡Déjenme entrar!
-El gerente -dijo el señor Melton con sequedad. Señaló con la cabeza-. Vamos, rápido.
-¡Déjenme entrar! ¡Llamaré a la policía!
Susan y William volvieron los ojos hacia la puerta mirándose rápidamente.
-El gerente quiere entrar- dijo el señor Melton-. ¡Rápido!
Trajeron una cámara. Del aparato surgió un rayo de luz azul que recorrió la habitación.
El rayo se hizo más amplio, y los hombres, las mujeres se desvanecieron, uno a uno.
-¡Rápido!
Por la ventana, poco antes de desaparecer, Susan vio las tierras verdes y los muros rojos, amarillos y azules morados, y los guijarros de la calle que descendían como las aguas de un río, un hombre montado en un burro que se internaba entre las cálidas colinas, y un niño que bebía naranjada (Susan sintió el líquido dulce en la garganta), y un hombre sentado en la plaza, a la sombra de un árbol con una guitarra en las rodillas (Susan sintió la mano sobre las cuerdas), y más allá, más lejos, el mar, el mar sereno y azul (Susan sintió que las olas la envolvían y la arrastraban mar adentro).
Y Susan desapareció. Y luego William.
La puerta se abrió de par en par. El gerente entró acompañado por sus ayudantes. El cuarto estaba vacío.
-¡Pero estaban aquí hace un momento! ¡Los vi entrar, y ahora... nada! -gritó el gerente-.¡Las ventanas tienen rejas de hierro! ¡No han podido salir por ahí!
Al anochecer llamaron al cura. Y abrieron la puerta y el cura echó agua bendita en los cuatro rincones, y bendijo la habitación.
-¿Qué haremos con esto? -dijo la camarera.
La mujer señaló el armario donde se amontonaban sesenta y siete botellas de chartreuse, coñac, crema de cacao, ajenjo, vermouth y tequila, y ciento seis paquetes de cigarrillos turcos, y ciento noventa y ocho cajas de cigarros habanos...
-El año es 1938 -dijo William Travis, de pie al lado de su mujer, a orillas de la
vociferante multitud, con una sonrisa-. Un buen año.
El toro se precipitó contra ellos. La pareja se hizo a un lado y echó a correr bajo una lluvia de fuego, alejándose del ruido y la música, la iglesia y la banda, bajo la luz de las estrellas. El toro (un esqueleto de bambú y pólvora sulfurosa) pasó rápidamente llevado en hombros por un vivaz mexicano.
Susan Travis se detuvo para tomar aliento.
-Nunca me he divertido tanto.
-Es maravilloso -dijo William.
-Seguirá, ¿no es cierto?
-Toda la noche.
-No Me refiero a nuestro viaje.
William frunció el ceño y se tocó el bolsillo del chaleco.
-Tengo cheques de viajero como para toda una vida. Diviértete. Y olvídate. Nunca nos encontrarán.
-¿Nunca?
-Nunca.
Ahora alguien lanzaba al aire unos petardos gigantescos desde la torre del sonoro campanario. Los petardos caían envueltos en chispas y humo y la multitud se apartaba, y la pólvora ardía maravillosamente entre los pies de los bailarines y los móviles cuerpos.
Un apetitoso olor a tortas fritas llenaba el aire, y desde las terrazas de los cafés unos hombres observaban la escena, con botes de cerveza en las manos oscuras.
El toro estaba muerto. El fuego ya no salía de las cañas de bambú. El nombre se sacó la armazón de los hombros. Unos niños se acercaron a tocar la magnífica cabeza de papel, los cuernos verdaderos.
-Vamos a ver el toro -dijo William.
Al pasar ante la puerta del café, Susan vio al hombre. Los observaba. Un hombre blanco, con un traje blanco como la sal, corbata azul y camisa azul, y un rostro delgado y quemado por el sol. Tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos azules, y los seguía con la mirada.
Susan no se hubiese fijado si no hubiera visto aquellas botellas agrupadas sobre la mesa, junto al brazo blanquísimo: una panzuda botella de crema de menta, una clara botella de vermouth, un frasco de coñac, y otras siete botellas de diversos licores. Y al alcance de la mano se alineaban diez vasitos a medio llenar, de los cuales, y sin quitar los ojos de la plaza, el hombre bebía, de cuando en cuando, arrugando los ojos y apretando los labios delgados. En la otra mano humeaba un esbelto cigarro, y sobre una silla se amontonaban veinte cajas de cigarrillos turcos, diez paquetes de habanos y algunos frascos de agua de colonia.
-Bill...-murmuró Susan.
-Tranquilízate -dijo William-. No es nadie.
-Lo vi en la plaza esta mañana.
-No mires atrás. Sigue caminando. Haz como si miraras la cabeza del toro. Eso es. Hazme alguna pregunta.
-¿Crees que será algún investigador?
-¡No han podido seguirnos!
-¡Pueden!
-Qué hermoso toro -le dijo William al dueño.
-No ha podido seguirnos a través de doscientos años, ¿no es cierto?
-Cuidado, por favor -dijo William.
Susan se tambaleó. William la tomó por el codo y la llevó a través de la multitud.
-No te desmayes. -William sonrió, tratando de tranquilizarla-. En seguida te sentirás bien. Vayamos a ese café. Beberemos delante de ese hombre. Si es quien creemos, no sospechará de nosotros.
-No, no puedo.
-Tenemos que hacerlo. Vamos. -Y añadió en voz alta, mientras entraban en el café-: Y yo le dije a David: ¡Eso es ridículo!
Aquí estamos, pensó Susan. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿Qué tememos?
Comienza por el principio, se dijo a sí misma, recurriendo a toda su cordura. Sintió bajo los pies el piso de adobe.
Me llamo Ann Kristen. Mi marido se llama Roger Kristen. Vivíamos en el año 2155, en un mundo malvado. Un mundo que como un enorme barco negro se alejaba de la costa de la cordura y la civilización haciendo sonar su negra sirena en medio de la noche, con dos billones de personas a bordo, dirigiéndose hacia la muerte, más allá de la orilla del mar y de la tierra, hacia la locura y el fuego radiactivo.
Entraron en el café. El hombre los miraba fijamente.
Sonó un teléfono.
Susan se sobresaltó.
Recordó un teléfono que había sonado en el futuro, doscientos años después, una clara mañana de abril de 2155.
-¡Ann, te habla Rene! ¿Lo sabes ya? Me refiero a Viajes por el Tiempo, Sociedad Anónima. Viajes a Roma, al año 21 a. de C.; viajes a la batalla de Waterloo, ¡a cualquier época, a cualquier lugar!
-Rene, bromeas.
-No. Clinton Smith salió esta mañana para Filadelfia, 1776. Viajes por el Tiempo, S. A.,lo arregla todo. Es bastante caro. Pero, piensa... ¡Ver realmente el incendio de Roma, y a Kublaikhan y Moisés, y el mar Rojo! Probablemente ya hay un aviso en tu correo neumático.
Ann abrió el cilindro y allí estaba el aviso, impreso en una hoja metálica.
¡LOS HERMANOS WRIGHT EN KITTY HAWK! ¡ROMA Y LOS BORGIAS! ¡Viajes por el Tiempo S. A. lo viste a usted y lo mezcla con la multitud el día del asesinato de César o Lincoln! Garantizamos enseñanza de cualquier idioma, para que usted pueda visitar fácilmente cualquier civilización, cualquier año, sin molestias. Latín, griego, norteamericano vulgar. ¡Elija el tiempo de sus vacaciones y ya no sólo el sitio!
La voz de Rene resonaba en el teléfono:
-Tom y yo salimos mañana para 1492. Están arreglándolo todo para que Tom pueda embarcar en una de las carabelas de Colón. ¿No es asombroso?
-Sí -murmuró Ann, estupefacta-. ¿Y qué dice el gobierno de esta compañía de máquinas del tiempo?
-Oh, la policía vigila el asunto. Temen que la gente rompa los convenios, se escape y se esconda en el pasado. Todos tienen que dejar una garantía: su casa y sus bienes. Al fin y al cabo estamos en guerra.
-Sí, la guerra -murmuró Ann-. La guerra.
Y allí, de pie, al lado del teléfono, Ann pensó: ésta es la oportunidad de la que tanto hemos hablado yo y mi marido, la que hemos esperado durante años y años. No nos gusta este mundo de 2155. Roger quiere dejar su trabajo en la fábrica de bombas, yo mi puesto en el laboratorio de cultivos patógenos. Quizá logremos huir a través de los siglos hasta un país salvaje donde nunca podrán encontrarnos ni traernos de nuevo aquí para quemarnos los libros, censurarnos las ideas, aterrorizarnos las mentes, ensordecernos con radios...
Estaban en México en el año 1938.
Susan contemplaba las manchadas paredes del café.
Los buenos trabajadores del Estado del Futuro podían descansar en el pasado. Y Ann y Roger habían retrocedido hasta 1938, a la ciudad de Nueva York, y habían disfrutado de los teatros y de la estatua de la Libertad que aún se alzaba, verde, en el puerto. Y al tercer día se habían cambiado las ropas, los nombres, y habían huido.
-Tiene que ser -murmuró Susan, observando al hombre-. Esos cigarrillos, los cigarros, los licores... ¿Recuerdas nuestra primera noche en el pasado?
Hacía un mes, en aquella primera noche, antes de venir a México, habían bebido los licores raros, habían comprado y saboreado comidas insólitas, perfumes, cigarrillos, todo lo que escaseaba en un futuro donde sólo la guerra era importante. Habían perdido la cabeza. Habían entrado en tiendas, bares, cigarrerías, y habían ido, cargados de paquetes, a encerrarse en el cuarto, a enfermarse de un modo maravilloso.
Y ahora ese desconocido hacía lo mismo. Sólo un hombre del futuro podía hacer eso, un hombre que hubiese soñado años y años con cigarrillos y licores.
Susan y William se sentaron y pidieron una bebida.
El desconocido les examinaba las ropas, el pelo, las joyas... el modo de caminar y de sentarse.
-Siéntate con naturalidad -dijo William entre dientes-. Como si hubieses usado estas ropas toda la vida.
-Nunca debimos escaparnos.
-¡Dios mío! -dijo William-. El hombre viene hacia aquí. Déjame hablar.
El desconocido se inclinó ante ellos. Se oyó el leve entrechocar de los talones. Susan se estremeció. ¡Ese ruido militar! Inconfundible como el de esos espantosos nudillos que golpean la puerta en medio de la noche.
-Señor Roger Kristen -dijo el desconocido-, usted no se recoge los pantalones al sentarse.
William se quedó helado. Se miró las manos que descansaban inocentemente sobre sus piernas. El corazón de Susan latía apresuradamente.
-Usted me confunde -dijo William con rapidez-. No me llamo Krisler.
-Kristen -corrigió el desconocido.
-Soy William Travis -dijo William- y no veo en verdad por qué se interesa usted en mis pantalones.
-Lo siento.-El desconocido apartó una silla y se sentó-. Digamos que pensé que lo conocía porque no se recogió los pantalones. Todo el mundo lo hace. Pues si no, los pantalones se deforman. Vengo de muy lejos, señor... Travis, y necesito compañía. Mi nombre es Simms.
-Señor Simms, apreciamos de veras su soledad, pero estamos cansados. Mañana salimos para Acapulco.
-Un sitio encantador. Justamente mañana buscaré allí a unos amigos. No deben de andar muy lejos. Terminaré por encontrarlos. ¡Oh!, ¿la señora no se siente bien?
-Buenas noches, señor Simms.
William y Susan se alejaron hacia la puerta. William apretaba con fuerza el brazo de su mujer. El señor Simms volvió a hablarles. No lo miraron -Ah, me olvidaba -exclamó el hombre. Calló y luego dijo, lentamente-: 2155.
Susan cerró los ojos, y sintió que le faltaba el piso. Siguió caminando, a ciegas, hacia la plaza iluminada.
Llegaron al cuarto del hotel y cerraron la puerta con llave. Susan se echó a llorar, y allí se quedaron, de pie en la oscuridad, mientras el cuarto daba vueltas. A lo lejos estallaban los petardos, y las risas llenaban la plaza.
-Qué hombre desfachatado -dijo William-. Sentado ahí, examinándonos de arriba a abajo, como a animales, sin dejar de fumar sus malditos cigarrillos, sin dejar de beber.
-¡Debí haberlo matado! -William parecía histérico-. Hasta tuvo el descaro de darnos su nombre verdadero. El jefe de policía. Y ese asunto de mis pantalones. Dios mío. Debí habérmelos recogido cuando me senté. Es un gesto automático en esta época. No lo hice, y eso me diferenció de los demás. Ese es alguien que nunca usó pantalones, pensó Simms, un hombre acostumbrado a los uniformes, a las modas del futuro. No tengo perdón. Me he traicionado.
-No, no, fue mi modo de caminar. Estos tacos altos, eso fue. Nuestros cabellos recién cortados. Todo en nosotros es raro e incómodo.
William encendió la luz.
-Está observándonos. Todavía no está seguro... no totalmente. No podemos escaparnos ahora. Confirmaríamos sus sospechas. Iremos a Acapulco como si no pasara nada.
-Quizá ya sabe a qué atenerse, y está jugando con nosotros.
-Es muy capaz. Le sobra tiempo. Puede entretenerse aquí, si quiere, y llevarnos de vuelta al futuro en un instante. Puede engañarnos durante días enteros, riéndose de nosotros.
Susan se sentó en la cama secándose las lágrimas que le cubrían el rostro, respirando el viejo olor del incienso y la pólvora.
-No harán una escena, ¿no es cierto?
-No se atreverán. Esperarán a que estemos solos. Únicamente entonces podrán meternos en la Máquina del Tiempo.
-Hay una solución entonces -dijo Susan-. No estemos nunca solos. Mezclémonos con la gente. Podemos hacer un millón de amigos, visitar los mercados, dormir en las municipalidades de todos los pueblos, pagar a la policía para que nos proteja hasta que descubramos un modo de matar a Simms. Nos disfrazaremos con ropa nueva, como mejicanos por ejemplo.
Se oyó el ruido de unos pasos.
Apagaron la luz y se desvistieron en silencio. Los pasos se alejaron. Una puerta se cerró.
Susan se detuvo junto a la ventana y miró la plaza sombría.
-Así que ese edificio es una iglesia.
-Si.
-Siempre me pregunté cómo sería una iglesia. Nadie ha visto ninguna desde hace tanto tiempo. ¿Podemos visitarla mañana?
-Es claro. Ven a acostarte.
Descansaron envueltos por las sombras del cuarto.
Una hora y media más tarde sonó el teléfono. Susan levantó el receptor.
-¿Hola?
-Los conejos pueden esconderse en el bosque -dijo una voz- pero el zorro acabará por descubrirlos.
Susan colgó el receptor y se acostó de espaldas, rígida y helada.
Afuera, en el año 1938, un hombre con una guitarra tocó tres canciones, una después de otra.
Durante la noche, Susan estiró la mano hasta casi tocar el año 2155. Sintió que los dedos le resbalaban por la fresca superficie del tiempo, como por una tela ondulada, y oyó el insistente taconeo de las botas y un millón de bandas que tocaban un millón de marchas militares, y vio las cincuenta mil hileras de cultivos patógenos en sus tubos de vidrio aséptico, y la mano que se adelantaba hacia ellos en esa enorme fábrica del futuro.
Los tubos de gérmenes de lepra, peste bubónica, tifus, tuberculosis... y luego la explosión. Vio que la mano le ardía hasta convertirse en una pasa arrugada, y sintió una sacudida tan grande que el mundo se alzó y cayó, los edificios se derrumbaron, y la gente sangró y quedó tendida en el suelo, en silencio. Volcanes, máquinas, vientos, aludes, callaron también, y Susan se despertó, sollozando, en la cama, en México, muchos años antes...
Por la mañana temprano, después de una única hora de sueño, William y Susan se despertaron con el estruendo de unos ruidosos automóviles. Susan observó desde el balcón de hierro a las ocho personas que salían charlando, gritando, de camiones y autos adornados con rojos letreros. Un grupo de mexicanos rodeaba los camiones.
-¿Qué pasa? -le preguntó Susan a un niño.
El niño gritó algo desde la calle.
Susan se volvió hacia su marido.
-Una compañía norteamericana de películas que viene a filmar aquí.
William se estaba dando una ducha.
-Interesante -dijo-. Iremos a verlos. Creo que será mejor que no nos vayamos hoy. Trataremos de confundir a Simms. Miraremos la filmación. Dicen que la técnica del cine primitivo era algo sorprendente. Olvidémonos de nosotros.
De nosotros, pensó Susan. Durante unos segundos, bajo la luz brillante del sol, había olvidado que en alguna parte, en ese mismo hotel, los esperaba un hombre, un hombre que fumaba mil cigarrillos. Observó a los ocho felices y ruidosos norteamericanos y deseó gritarles:
-¡Sálvenme, ocúltenme, ayúdenme! Tíñanme el pelo, píntenme los ojos, vístanme con ropas raras. Necesito que me ayuden. ¡Soy del año 2155!
Pero las palabras se le atragantaron. Los funcionarios de Viajes por el Tiempo, S. A., no eran tontos. Antes de iniciar el viaje le ponían a uno en el cerebro una barrera psicológica. No era posible decir dónde o cuándo se había nacido, ni hablar del futuro con los hombres del pasado. El futuro y el pasado debían protegerse el uno del otro. Sólo con esa barrera se podía viajar, sin vigilancia, a través de las edades. Los que viajaban por el ayer no alteraban de ese modo el futuro. Aunque Susan sintiese unos terribles deseos de hablar, no podía decir quién era ella, ni cuál era su vida.
-¿Vamos a desayunar? -dijo William.
El desayuno se servía en el gran comedor. Jamón con huevos para todos. La sala
estaba llena de turistas. Las gentes de la compañía cinematográfica -seis hombres y dos mujeres- entraron riendo a carcajadas, moviendo las sillas. Susan se sentó cerca de ellos, gozando de la cordialidad y la protección que brotaba del grupo, sin preocuparse ni siquiera del señor Simms que bajaba por las escaleras, fumando intensamente su cigarrillo. Simms la saludó con un movimiento de cabeza, y Susan le devolvió el saludo, sonriendo, pues frente a ese grupo de gente de cine, ante veinte turistas, el hombre era casi inofensivo.
-Quizá podamos conquistar a dos de esos actores -dijo William-. Decirles que se trata
de una broma, vestirlos con nuestros trajes, y hacerlos escapar en nuestro coche en un momento en que Simms no pueda verles las caras. Si pueden engañarlo unas horas, quizá podamos llegar a la ciudad de México. Tardará en encontrarnos.
-¡Eh!
Un hombre gordo, con el aliento lleno de alcohol, se inclinó hacia ellos.
-¡Turistas norteamericanos! -gritó-. Estoy tan cansado de estos nativos. ¡Los besaría, de veras! -Les estrechó las manos-. Vamos, coman con nosotros. La desgracia necesita compañía. Yo soy el señor Desgracia, ésta es la señorita Tristeza, y éstos son el señor y la señora Odiamos-México. Todos lo odiamos. Hemos venido a filmar las primeras escenas de una condenada película. El resto del reparto llegará mañana. Me llamo Joe Melton; Soy el director. ¡Qué país infernal! Funerales en las calles, gentes que se mueren. Vamos, vengan aquí. Júntense con nosotros. Levántennos el ánimo.
Susan y William se reían.
-¿No soy cómico? -preguntó el señor Melton mirando a sus acompañantes.
Susan se sentó junto a ellos.
-¡Maravilloso!
El señor Simms los miraba con furia.
Susan le hizo una mueca.
El señor Simms se adelantó entre las mesas y sillas.
-Señor Travis, señora -les dijo-, creí que desayunarían conmigo.
-Lo siento -dijo William.
-Siéntese, hombre -dijo el señor Melton-. Los amigos de mis amigos son también mis amigos.
El señor Simms se sentó. Las gentes de la compañía cinematográfica hablaban a gritos. El señor Simms dijo en voz baja:
-¿Durmieron bien?
-¿Usted no?
-No estoy acostumbrado a los colchones de resortes -explicó el señor Simms cansadamente-. Pero no importa. Me pasé la mitad de la noche probando cigarrillos y comidas. Raros, fascinantes. Todo un arco iris de sensaciones, estos antiguos vicios.
-No sabemos de qué habla -dijo Susan.
-Sigue la comedia. -El señor Simms se rió-. Todo es inútil. Lo mismo esta estratagema de los grupos. Ya los veré a solas. Tengo una paciencia infinita.
-Oigan -interrumpió el señor Melton, con el rostro enrojecido-, ¿está molestándolos ese individuo?
-No pasa nada.
-Avísenme y lo sacaremos de aquí a empujones.
Melton se volvió para gritar algo a sus compañeros.
El señor Simms continuó en medio de las risas:
-Vayamos al centro de la cuestión. Los seguí durante un mes por pueblos y ciudades, y luego ayer, todo el día. Si vienen conmigo sin protestar, haré lo posible para que no los castiguen. Siempre que usted, señor Kristen, vuelva a su trabajo en la fábrica de bombas de hidrógeno.
-¡Oigan hablando de ciencia durante el desayuno! -observó el señor Melton, que había
escuchado el final de la frase.
Simms continuó, imperturbable:
-Piénsenlo. No pueden escapar. Si me matan. vendrán otros.
-No sabemos de qué habla.
-¡Basta! -dijo Simms, irritado-. ¡Usen su inteligencia! Saben muy bien que no podemos permitir que se escapen. Otras gentes de 2155 querrían hacer lo mismo. Necesitamos gente.
-Para matarla en la guerra -dijo William.
-¡Bill!
-No te preocupes, Susan. Le hablaremos en su mismo lenguaje. No podemos escapar.
-Excelente -dijo Simms-. En verdad, son ustedes unos románticos incorregibles. Huyendo de sus responsabilidades.
-Huyendo del horror.
-Tonterías. Sólo una guerra.
-¿De qué hablan? -preguntó el señor Melton.
Susan quiso decírselo. Pero sólo podía hablar de generalidades. La barrera psicológica admitía sólo eso. Generalidades, como las que discutían Simms y William.
-Sólo la guerra -dijo William-. ¡La mitad de la población mundial destruida por bombas de lepra!
-Los habitantes del futuro -indicó Simms- están resentidos. Ustedes dos descansando en una especie de isla tropical mientras ellos se precipitan en los abismos infernales. La muerte quiere muerte. Se muere mejor si se sabe que a otros les pasa lo mismo. Es bueno oír que no se está solo en la tumba. Soy el guardián de ese resentimiento colectivo.
-¡Miren al guardián del resentimiento! -dijo el señor Melton a sus acompañantes.
-Cuanto más me hagan esperar, peor para ustedes. Lo necesitamos en la fábrica de bombas, señor. Vuelvan. No habrá torturas. Más tarde, lo obligaremos a trabajar, y cuando las bombas estén terminadas, ensayaremos en usted algunos nuevos y complicados aparatos.
-Le propongo algo -dijo William-. Volveré con usted si mi mujer se queda aquí, lejos de la guerra.
El señor Simms pensó unos instantes.
-Bueno. Estaré en la plaza dentro de diez minutos. Tenga listo el coche. Iremos a un lugar donde no haya gente. La Máquina del Tiempo nos estará esperando.
Susan apretó con fuerza el brazo de su marido.
-¡Bill!
-No discutas. -William la miró-. Está decidido. -Y añadió dirigiéndose a Simms-: Una cosa. Anoche pudo entrar en nuestra alcoba y secuestrarnos. ¿Por qué no lo hizo?
-Digamos que estaba divirtiéndome. ¿Qué les parece? -replicó perezosamente el señor Simms, chupando otro cigarro-. Me disgusta dejar este clima maravilloso, este sol, estas vacaciones. Lamento dejar los vinos y el tabaco. Oh, lo lamento de veras... En la plaza entonces, dentro de diez minutos. Protegeremos a su mujer. Podrá quedarse aquí el tiempo que quiera. Despídanse.
El señor Simms se levantó y salió del comedor.
-¡Ahí va el señor de los grandes discursos! -le gritó el señor Melton. Se volvió y vio a Susan-. Eh, alguien está llorando. La mesa del desayuno no es sitio para llorar, ¿no es cierto?
A las nueve y cuarto Susan miraba la plaza desde el balcón del hotel. El señor Simms estaba allá abajo sentado en un fino banco de hierro, con las piernas cruzadas. Mordió la punta de un cigarro y lo encendió cuidadosamente.
Susan oyó el ruido de un motor, y allá, de un garaje situado en lo más alto dc la calle, salió el coche de William y descendió por la cuesta empedrada.
El auto se acercó velozmente. Cuarenta, cincuenta, sesenta kilómetros por hora. Las gallinas saltaban en la calle. El señor Simms se sacó su blando sombrero dc paja, se enjugó la frente rosada, se puso otra vez el sombrero, y vio el coche.
Se acercaba a ochenta kilómetros por hora, directamente hacia la plaza.
-¡William! -gritó Susan.
El coche golpeó estrepitosamente el cordón de la acera, dio un salto y corrió sobre las losas hacia el banco verde del señor Simms. El hombre soltó su cigarro, dio un grito, y alzó las manos. El coche lo golpeó. El cuerpo del señor Simms saltó en el aire y rodó por la acera.
En el otro extremo de la plaza, con una rueda rota, el coche se detuvo. La gente corría. Susan entró en el cuarto y cerró la ventana.
Al mediodía, pálidos, tomados del brazo, William y Susan salieron del palacio municipal.
-Adiós, señor -dijo el alcalde-. Señor.
La pareja se detuvo en la plaza donde la multitud señalaba las manchas dc sangre.
-¿Te citarán otra vez? -preguntó Susan.
-No Ya me han preguntado bastante. Fue un accidente. Perdí el dominio del coche. Hasta lloré ante ellos. Dios sabe que tenía que desahogarme. De cualquier modo. Tenía ganas de llorar. Odié tener que matarlo. Nunca hice nada semejante.
-No te iniciar un juicio.
-Hablaron de eso, pero no. Hablé más rápidamente que ellos. Me creyeron. Fue un accidente. Asunto terminado.
-¿Adónde iremos? ¿A la ciudad de México? ¿A Uruapán?
-El auto está en el taller de reparaciones. Estará listo a las cuatro de la tarde. Luego escaparemos.
-¿No nos seguirán? ¿Simms estaría solo?
-No sé. Hemos ganado un poco de tiempo, me parece.
Las gentes de la compañía cinematográfica estaban saliendo del hotel. El señor Melton se acercó corriendo hacia ellos.
-He oído lo que pasó. Mala suerte. ¿Está todo arreglado? ¿No quieren distraerse un poco? Vamos a filmar algunas escenas en la calle. ¿Quieren mirar? Les hará bien.
William y Susan siguieron al señor Melton.
La cámara filmadora fue instalada sobre el empedrado de la calle. Susan miró el camino que descendía, alejándose, y la carretera que llevaba a Acapulco y el mar, bordeado por pirámides y ruinas, y pueblecitos de casas de adobe con muros amarillos, azules y rojos, y llameantes buganvillas, y pensó: Andaremos por los caminos, nos mezclaremos con grupos y multitudes, en los mercados, en los vestíbulos; pagaremos a la policía para que nos vigilen, instalaremos cerraduras dobles; pero siempre rodeados de gente, nunca solos, siempre con el temor de que la primera persona que pase a nuestro lado sea otro Simms. No. Nunca sabremos si los hemos engañado. Y siempre, allá adelante, en el futuro, estarán esperándonos, para quemarnos con sus bombas, enfermarnos con sus gérmenes, ordenar que nos levantemos, que nos demos vuelta, que saltemos a través del aro. Seguiremos huyendo por el bosque, y nunca nos detendremos, y nunca volveremos a dormir.
Se había reunido una muchedumbre para observar la filmación. Susan observaba a la gente y las calles.
-¿Ningún sospechoso?
-No. ¿Qué hora es?
-Las tres. El coche ya estará casi listo.
Las pruebas terminaron a las cuatro menos cuarto. El grupo volvió al hotel, conversando animadamente. William se detuvo en el garaje.
-El coche estará arreglado a las seis -dijo saliendo del taller, pensativo.
-¿Pero no más tarde?
-No. No te preocupes.
Ya en el vestíbulo del hotel, William y Susan miraron a su alrededor buscando a alguien que estuviera solo, alguien que se pareciese al señor Simms, alguien con el pelo recién cortado, y envuelto en nubes de tabaco y perfume. Pero el vestíbulo estaba desierto. El señor Melton comenzó a subir por la escalera y dijo:
-Bueno, ha sido un día terrible. ¿Quieren refrescarse un poco? ¿Martini? ¿Cerveza?
-Quizá. Un vaso.
El grupo invadió el cuarto del señor Melton. Se repartieron unas copas.
-Fíjate en la hora -dijo William.
La hora, pensó Susan. Si tuvieran algunas horas por delante. Sólo quería sentarse en la plaza, durante todo un día de octubre, sin preocupaciones, sin pensamientos, con el sol en los brazos y la cara, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, sonriéndole al calor. Sólo quería dormir al sol de México, dormir profundamente, fácilmente, felizmente, muchos, muchos días...
El señor Melton abrió una botella de champaña.
-A una dama muy hermosa, a una dama que podría figurar en un film -dijo, alzando su copa hacia Susan-. Tendría que sacarle una prueba.
Susan se rió.
-De veras -dijo Melton-. Es usted encantadora. Podría convertirla en una estrella de cine.
-¿Y llevarme a Hollywood? -exclamó Susan.
-Lejos de este infierno de México, eso es.
Susan miró a William y ‚éste alzó una ceja y asintió en silencio. Sería un cambio de escena, de ropas, de nombre, quizá. Y viajarían con otras ocho personas. Una buena protección contra cualquier interferencia del futuro.
-Parece maravilloso -dijo Susan.
Sentía ya los efectos del champaña. La tarde se deslizaba suavemente. La reunión se animaba a su alrededor. Por primera vez, después de muchos años, se sintió a salvo, y bien, realmente feliz.
-¿Y qué clase de películas haría mi mujer? -preguntó William llenando otra vez su copa.
-Bueno, a mí me gustaría una historia de suspense -dijo Melton-. La historia de una pareja como ustedes.
-Siga.
-Una historia de guerra, quizá -dijo el director observando a contraluz el color de su bebida.
Susan y William esperaban.
-La historia de una pareja que vive en una casita, en una callejuela, en el año 2155, quizá -dijo Melton-. Sólo como un ejemplo, es claro. Pero esta pareja es alcanzada por una guerra terrible: superbombas de hidrógeno, censura, muerte y entonces... -y aquí está el nudo de la historia-... escapan al pasado, seguidos por un hombre que ellos suponen lleno de maldad, pero que sólo trata de señalarles el camino del deber.
La copa de William cayó al piso.
-Y esta pareja -continuó el señor Melton- se mezcla confiadamente con un grupo de gente de cine. Así creen estar más seguros.
Susan se dejó caer en una silla. Todos observaban al director. El señor Melton bebió un sorbo de vino.
-Ah, qué vino magnífico. Bueno, este hombre y esta mujer no comprenden, parece, qué
importantes son en ese futuro. Él, principalmente, es el hombre clave en la construcción de una nueva bomba. Así que los policías no reparan en gastos o molestias para encontrarlos, capturarlos y devolverlos al futuro. Al fin consiguen llevarlos a la habitación de un hotel, donde nadie puede verlos. Estrategia. Los policías actúan solos, o en grupos dc ocho. De ese modo no podrán fracasar. ¿No cree usted que sería una magnífica película, Susan? ¿No lo cree usted, Bill?
El director vació la copa.
Susan, inmóvil, miraba el vacío.
-¿Un poco de champaña? -dijo el señor Melton.
William sacó su revólver e hizo fuego, tres veces. Uno de los hombres cayó al piso. Los otros corrieron. Susan gritó. Una mano le cerró la boca. El revólver estaba ahora en el suelo, y William forcejeaba tratando de librarse de los brazos de los hombres.
-Por favor -dijo el señor Melton sin moverse. La sangre le corría por los dedos-. No empeoremos las cosas.
Alguien golpeó la puerta.
-¡Déjenme entrar!
-El gerente -dijo el señor Melton con sequedad. Señaló con la cabeza-. Vamos, rápido.
-¡Déjenme entrar! ¡Llamaré a la policía!
Susan y William volvieron los ojos hacia la puerta mirándose rápidamente.
-El gerente quiere entrar- dijo el señor Melton-. ¡Rápido!
Trajeron una cámara. Del aparato surgió un rayo de luz azul que recorrió la habitación.
El rayo se hizo más amplio, y los hombres, las mujeres se desvanecieron, uno a uno.
-¡Rápido!
Por la ventana, poco antes de desaparecer, Susan vio las tierras verdes y los muros rojos, amarillos y azules morados, y los guijarros de la calle que descendían como las aguas de un río, un hombre montado en un burro que se internaba entre las cálidas colinas, y un niño que bebía naranjada (Susan sintió el líquido dulce en la garganta), y un hombre sentado en la plaza, a la sombra de un árbol con una guitarra en las rodillas (Susan sintió la mano sobre las cuerdas), y más allá, más lejos, el mar, el mar sereno y azul (Susan sintió que las olas la envolvían y la arrastraban mar adentro).
Y Susan desapareció. Y luego William.
La puerta se abrió de par en par. El gerente entró acompañado por sus ayudantes. El cuarto estaba vacío.
-¡Pero estaban aquí hace un momento! ¡Los vi entrar, y ahora... nada! -gritó el gerente-.¡Las ventanas tienen rejas de hierro! ¡No han podido salir por ahí!
Al anochecer llamaron al cura. Y abrieron la puerta y el cura echó agua bendita en los cuatro rincones, y bendijo la habitación.
-¿Qué haremos con esto? -dijo la camarera.
La mujer señaló el armario donde se amontonaban sesenta y siete botellas de chartreuse, coñac, crema de cacao, ajenjo, vermouth y tequila, y ciento seis paquetes de cigarrillos turcos, y ciento noventa y ocho cajas de cigarros habanos...
domingo, 6 de febrero de 2011
la caja de sorpresas
Miro por las ventanas de la mañana fría, con la caja de resorte en las manos,
escudriñando la tapa oxidada. Pero todos los esfuerzos eran inútiles: el polichinela no saltaba a la luz con un grito, ni sacudía las mangas de terciopelo en el aire, ni se balanceaba en una docena de direcciones con una sonrisa amplia y pintada. Seguía apretado bajo la tapa, en un rígido entumecimiento, resorte sobre resorte. Poniendo la oreja en la caja podían oírse la presión interior, el miedo y el pánico del juguete atrapado. Era como tener en la mano el corazón de alguien. Edwin no podía saber si los latidos venían de adentro o eran los golpes de su propia sangre en la madera de la caja.
Dejó caer la caja y miró hacia afuera. Los árboles rodeaban la casa, que rodeaba a Edwin.
No alcanzaba a ver detrás de los árboles. Si trataba de descubrir otro mundo, más allá, los árboles oscilaban con el viento, parando la curiosidad de Edwin, deteniéndole los ojos.
-¡Edwin! -Detrás, el aliento expectante y nervioso de la madre que bebía el café del
desayuno.- Deja de mirar. Come.
-No -murmuró Edwin.
-¿Qué? -Un susurro tieso. La madre debía de haberse dado vuelta.- ¿Qué es más importante, el desayuno o la ventana?
-La ventana -murmuró Edwin, y dejó que los ojos pasearan por los caminos y senderos que habían recorrido durante trece años. ¿Sería cierto que los árboles se extendían durante diez mil kilómetros hasta la nada? No podía saberlo. Los ojos de Edwin retornaron, derrotados, al césped cercano, los escalones, las manos que temblaban en el alféizar.
Se volvió a comer los melocotones insípidos, solo con su madre en la vasta y resonante sala del desayuno. Cinco mil mañanas ante esta mesa, esta ventana, y ningún movimiento más allá de los árboles.
Los dos comieron en silencio.
Ella era esa mujer pálida que a las seis de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las nueve de la noche y un minuto después de medianoche aparece silenciosa y blanca, alta y sola y serena en las casas de campo de cuatro tejados. Sólo los pájaros la ven. Es como pasar junto a un invernadero abandonado en donde un último y raro capullo blanco alza la cabeza a la luz de la luna.
Y el hijo de esa mujer, Edwin, es la flor de cardo que uno respira en una noche de viento, en la temporada de los cardos. Tiene un pelo sedoso y unos ojos siempre azules y febriles. Mira desvaídamente, como si hubiese dormido poco. Si una cierta puerta se cerrara de golpe, Edwin podría volar en pedazos como un paquete de triquitraques.
La madre de Edwin empezó a hablar, lentamente y con mucho cuidado al principio, luego
más rápido, en seguida con furia, y al fin casi escupiéndole las palabras en la cara.
-¿Por qué me desobedeces todas las mañanas? No me gusta verte con los ojos clavados en la ventana, ¿entiendes? ¿Qué esperas? ¿Quieres verlos? -gritó retorciendo los dedos. El rostro encendido y hermoso de la mujer era como una furiosa flor blanca-. ¿Quieres ver a las Bestias que corren por los caminos y aplastan a la gente como si fueran fresas?
Sí, pensó Edwin, me gustaría ver a las Bestias, horribles, tal como son.
-¿Quieres salir? -gritó la mujer-. ¿Como salió tu padre antes que tú nacieras, y que te maten como lo mataron a él, aplastado en el camino por uno de esos Terrores? ¿Te gustaría eso?
-No...
-¿No te basta que hayan matado a tu padre? No sé ni cómo se te ocurre pensar en esas
Bestias. -La mujer señaló el bosque con un ademán.- Bueno, si tanto quieres morir, ¡adelante!
La mujer se tranquilizó, pero los dedos siguieron abriéndose y cerrándose sobre el mantel.
-Edwin, Edwin, tu padre construyó todo este mundo. Era algo muy hermoso para él, y así tendría que ser también para ti. No hay nada, nada más allá de esos árboles, excepto la muerte. ¡No quiero que te acerques ahí! Éste es el Mundo. No hay otro que valga la pena.
Edwin asintió apenas.
-Sonríe ahora y termina tu tostada -dijo la mujer.
Edwin comió lentamente, con la ventana reflejada en secreto sobre la cuchara de plata.
-¿Mamá...? -No se atrevía a preguntarlo.- ¿Qué es... morir? Hablas siempre de lo mismo. ¿Es un sentimiento?
-Para quienes siguen vivos, sí, un mal sentimiento. -La mujer se incorporó de pronto.- Se te hace tarde para la escuela. ¡Corre!
Edwin la besó mientras recogía los libros.
-Adiós.
-Saluda a la maestra de mi parte.
Edwin se alejó de ella como una bala del revólver. Subió por escaleras interminables,
cruzando pasillos, vestíbulos, junto a ventanas que derramaban luz en oscuros paneles de galerías, como cascadas blancas. Subió más arriba, a través de las capas de tarta de los Mundos, separadas por la escarcha espesa de las alfombras orientales y coronadas de cirios brillantes.
Desde la escalera más alta miró hacia abajo a través de cuatro intervalos de Universo.
Las Tierras Bajas de la cocina, el comedor, la sala. Dos mesetas de música, juegos, cuadros y habitaciones cerradas, prohibidas. Y aquí -dio media vuelta- las alturas de los picnics, la aventura y el aprendizaje. Aquí se paseaba ociosamente, o cantaba solitarias canciones infantiles en el ventoso viaje a la escuela.
Éste, pues, era el Universo. Papá (o Dios, como mamá lo llamaba a menudo) había
levantado estas montañas de yeso empapelado, hacía mucho tiempo. Ésta era la creación de Dios-Padre, en la que bastaba con apretar un botón para que brillaran las estrellas. Y el sol era mamá, y mamá era el sol, y a su alrededor giraban todos los mundos. Y Edwin, un meteoro pequeño y oscuro, daba vueltas una y otra vez en las alfombras oscuras y los tapices deslumbrantes del espacio. Se podía ver cómo subía y se desvanecía en los vastos cometas de las escaleras, en marchas y exploraciones.
A veces él y la madre comían en las Tierras Altas, extendiendo manteles frescos como la nieve en velludos y rojizos prados de Persia, sobre las hierbas de color escarlata, en el aire enrarecido de las mesetas, en la cima de los mundos, donde retratos escamosos de desconocidos de cara cetrina bajaban los ojos malévolos espiando las comidas y fiestas. Sacaban agua de unos grifos de plata ocultos en nichos de azulejo, quebraban los leños en hornos de piedra, chillando. Jugaban a las escondidas en encantados países altos, en tierras ocultas, desconocidas y salvajes, donde la madre encontraba a Edwin envuelto como una momia en el terciopelo de una cortina o bajo los muebles enchapados como una planta rara protegida contra el viento. En una ocasión se extravió y anduvo durante horas por extrañas faldas montañosas de polvo y de ecos, donde los ganchos y perchas de los armarios sostenían sólo la noche. Pero la madre lo encontró y llevó al lloroso Edwin escaleras abajo, al Universo del nivel del suelo, a la sala donde las motas de polvo, exactas y familiares, caían en lloviznas de chispas en el aire iluminado por el sol.
Edwin corrió escaleras arriba.
Aquí golpeó miles de miles de puertas, todas cerradas y prohibidas. Aquí unas señoras de Picasso y unos caballeros de Dalí gritaban silenciosamente desde los asilos de las telas, observando con ojos dorados y ardientes los holgazaneos de Edwin.
-Esas cosas viven ahí afuera -había dicho la madre, señalando las familias Dalí-Picasso.
Ahora, corriendo rápidamente, Edwin les sacó la lengua.
Dejó de correr.
Una de las puertas prohibidas estaba abierta.
La clara luz del sol asomaba oblicuamente, tentándolo.
Más allá de la puerta, una escalera de espiral subía en el sol y el silencio.
Edwin se quedó allí un rato, jadeando. Año tras año había probado los pestillos de las puertas prohibidas, y siempre estaban cerradas. ¿Qué ocurriría ahora si abría esta puerta del todo y subía por la escalera? ¿Habría algún Monstruo oculto allá arriba?
-Hola.
La voz subió saltando en la espiral del sol.
-Hola... -suspiró un eco débil, perezoso, lejano, alto, alto, que se apagó en seguida.
Edwin cruzó el umbral.
-Por favor, por favor, no me hagas daño -le susurró al alto sitio soleado.
Subió deteniéndose en cada escalón, esperando el castigo, con los ojos cerrados como un penitente. Más rápido ahora, saltó alrededor y alrededor y hacia arriba hasta que las rodillas le dolieron y el aliento le entró y le salió como impulsado por una bomba neumática y la cabeza le resonó como una campana hasta que al fin alcanzó la cima terrible y se encontró en la terraza de una torre, inundada de sol.
El sol le golpeó los ojos. Nunca, nunca había conocido tanto sol. Se apoyó en la barandilla de hierro.
-¡Está ahí! -Abrió la boca moviendo la cabeza hacia uno y otro lado.- ¡Está ahí! -Corrió en círculos.- ¡Ahí!
Estaba más arriba de la sombría barrera de árboles. Era aquélla la primera vez que podía mirar por encima de los castaños y olmos ventosos, y hasta donde le alcanzaba la vista había hierba verde, árboles verdes y cintas blancas por donde corrían los coleópteros, y la otra mitad del mundo era azul e interminable, y el sol parecía perdido y goteaba en una increíble y honda habitación azul, tan vasta que Edwin sintió que se caía, y gritó, y se tomó con las dos manos del borde del parapeto, y más allá de los árboles, más allá de las cintas blancas donde corrían los coleópteros vio cosas que se alzaban como dedos, pero no vio terrores de la familia Dalí-Picasso, vio sólo unos pañuelitos azules y blancos y rojos que ondeaban en unos mástiles blancos.
Se sintió enfermo de pronto; estaba enfermo otra vez.
Volviéndose, casi cayó escaleras abajo.
Cerró de un golpe la puerta prohibida, apoyándose contra ella.
-Te quedarás ciego. -Se apretó las manos contra los ojos.- No tenías que haber visto, no,¡no!
Cayó de rodillas y se quedó retorcido allí en el suelo. Sólo tenía que esperar un momento; la ceguera llegaría pronto.
Cinco minutos más tarde estaba de pie junto a una ventana común de las Tierras Altas,
mirando el Mundo Jardín familiar.
Vio una vez más los olmos y los nogales y la pared de piedra, y aquel bosque que había sido para él hasta entonces como una muralla infinita que cerraba el Mundo, de modo que más allá no había nada sino una nada de pesadilla, y neblina, lluvia, y noche eterna. Ahora sabía que el Universo no terminaba con el bosque. Había otros mundos además de aquellos de las Tierras Altas y las Tierras Bajas.
Probó otra vez la puerta prohibida. Cerrada.
¿Había subido realmente? ¿Había descubierto de verdad aquella vastedad azulada y verde?
¿Dios lo había visto? Edwin se estremeció. Dios, Dios, que fumaba misteriosas pipas negras y esgrimía bastones mágicos. Dios, que quizás estaba observándolo aun ahora.
-Todavía puedo ver. Gracias, gracias, ¡todavía puedo ver!
A las nueve y media, una hora y media tarde, llamó a la puerta de la escuela.
-¡Buenos días, maestra!
La puerta se abrió. La maestra esperaba vestida con unos hábitos de monje, largos, grises, de tela basta; la capucha le ocultaba el rostro, y tenía puestos los lentes de plata. Las manos cubiertas con guantes grises le hicieron una seña.
-Llegas tarde.
Más allá, el fuego de la chimenea coloreaba el país de los libros. Había paredes
enladrilladas con enciclopedias, y una chimenea en la que uno se podía meter sin golpearse la coronilla. Un leño ardía con un resplandor feroz.
La puerta se cerró y hubo un silencio cálido. Aquí estaba el pupitre, donde Dios se había sentado una vez; Dios había pisado esta misma alfombra, y había llenado la pipa con tabaco aromático, mirando ceñudamente la vasta ventana de vidrios emplomados. El cuarto olía a Dios, a madera pulida, tabaco, cuero y monedas de plata. Aquí la voz de la maestra cantaba como un arpa solemne, hablando de Dios, los viejos días, y el Mundo que la determinación de Dios había
sacudido, y el ingenio de Dios había estremecido, y la mano de Dios había sacado de la nada, con un esbozo, un grito, una madera alzada al aire. Las huellas dactilares de Dios todavía estaban en media docena de lápices afilados, como copos de nieve derretidos a medias, y guardados en vitrinas. Nunca había que tocarlos, pues si no, se desvanecerían para siempre.
Aquí, aquí en las Tierras Altas, al sonido blando de la voz de la maestra que hablaba y hablaba, Edwin aprendía lo que debía aprender: de él mismo y de su cuerpo. Crecería con los años hasta ser una Presencia; tenía que acomodarse a los olores y a la voz de trompeta de Dios. Un día se alzaría envuelto en un fuego pálido, junto a la elevada ventana, y dando un grito libraría de polvo a los rayos de los Mundos; sería Dios él mismo. Nada podía impedirlo. Ni el cielo, ni los árboles, ni las cosas que estaban más allá de los árboles.
La maestra se movió en el cuarto como una nube de vapor.
-¿Por qué has llegado tarde, Edwin?
-No sé.
-Te lo preguntaré de nuevo. Edwin, ¿por qué has llegado tarde?
-Una..., una de las puertas prohibidas estaba abierta y...
Edwin oyó que la maestra contenía el aliento, siseando. Vio que se echaba lentamente hacia atrás y se hundía en la silla alta labrada a mano, y que la oscuridad la devoraba, y que los lentes emitían una luz débil, antes de desvanecerse. Sintió que la maestra lo miraba desde la sombra y que le hablaba con una voz apagada, como una voz que se oye de noche, la propia voz de uno poco antes de despertar de una pesadilla.
-¿Qué puerta? ¿Dónde? -preguntó la maestra-. Ah, ¡tenía que estar cerrada!
-La puerta junto a la gente de Dalí-Picasso -dijo Edwin, aterrorizado. Él y la maestra habían sido siempre amigos. ¿Había terminado esa amistad? ¿Él la había estropeado?-. Subía las escaleras.
-¡Tuve que hacerlo! De veras lo siento. No se lo cuente a mamá, por favor.
La maestra parecía perdida en el hueco de la silla, en el hueco de la capucha. Los lentes eran como débiles luciérnagas en aquel pozo de soledad.
-¿Y qué viste allí? -murmuró la maestra.
-¡Una sala grande y azul!
-¿Sí?
-Y una sala verde, y cintas con bichos que corrían, pero me quedé allí poco tiempo, poco tiempo, ¡lo juro!
-Una sala verde, y cintas, sí, cintas, y bichos que corren, sí -dijo la mujer con una voz que entristeció a Edwin.
Trató de tocar la mano de la maestra, pero la mano cayó en el regazo y retrocedió a la oscuridad del pecho.
-Bajé en seguida, cerré la puerta, y no miraré otra vez, ¡nunca! -gritó Edwin.
La voz de la mujer era ahora tan débil que Edwin apenas podía oírla.
-Pero ahora has visto, y querrás ver otras cosas, y ya nadie te quitará la oscuridad. -La capucha se movía lentamente hacia atrás y hacia adelante, volviéndose hacia Edwin, interrogando.-
¿Te..., te gustó lo que viste?
-Me asusté. Era grande.
-Grande, sí. Grande, grande, Edwin. No como nuestro mundo. Grande, vasto, incierto. Oh, ¿por qué lo hiciste? Sabías que estaba mal.
El fuego floreció y se marchitó en el hogar mientras la maestra esperaba la respuesta de Edwin, y al fin, como el niño no pudo responder, ella dijo, con labios que apenas se movían:
-¿Es a causa de tu madre?
-¡No lo sé!
-¿La encuentras nerviosa, irritante, sientes que te persigue, que te está siempre encima, te gustaría estar solo a veces, no es eso, no es eso, no es eso?
Edwin sollozó, sacudiéndose.
-¡Sí, sí!
-¿Por eso te escapas, porque ella te exige demasiado, te pide todo tu tiempo, todos tus pensamientos? -La voz de la maestra parecía perdida y triste.-Dime...
Edwin tenía las manos pegajosas de lágrimas.
-¡Sí! -Se mordió los dedos y el dorso de las manos.- ¡Sí! -No estaba bien admitir cosas semejantes, pero no tenía que decirlas ahora, ella las decía, ella las decía, y él sólo tenía que asentir, sacudir la cabeza, morderse los nudillos, gritar entre sollozos.
La maestra tenía un millón de años.
-Aprendemos -dijo fatigada. Dejando la silla se movió haciendo oscilar las ropas grises y se acercó al escritorio, donde la mano enguantada buscó largo rato hasta que encontró lápiz y papel-.Aprendemos, oh Dios, pero tan despacio, y con tanto dolor, aprendemos. Pensamos que actuamos
bien, pero todo el tiempo, todo el tiempo, echamos a perder el Plan...
La maestra respiró siseando y levantó bruscamente la cabeza. La capucha tembló, como si estuviese vacía.
La maestra escribió unas palabras en el papel.
-Dale esto a tu madre. Dice ahí que debes tener dos horas todas las tardes, para ti mismo,
para que andes por donde quieras. Excepto allá afuera, por supuesto. ¿Me escuchas, niño?
-Sí. -Edwin se secó la cara.- Pero...
-Adelante.
-¿Me mintió mamá acerca de los sitios de afuera y las Bestias?
-Mírame -dijo la mujer-. He sido tu amiga. Nunca te castigué, como tu madre ha tenido que hacerlo, a veces. Las dos estamos aquí para ayudarte a entender y a crecer, y para que no te destruyan como a Dios.
La maestra se incorporó, y en ese momento torció la capucha, de modo que el color del
fuego le bañó la cara. Rápidamente, el fuego le borró las innumerables arrugas.
Edwin se quedó sin aliento. El corazón se le volcó en un sobresalto.
-¡El fuego! -Edwin miró el fuego y se volvió otra vez hacia la cara de la maestra. La
capucha se sacudió, ocultándose. La cara desapareció en el pozo profundo.- Su cara -dijo Edwin-.
¡Se parece a la de mamá!
La maestra se movió rápidamente hacia los libros y tomó uno. Le habló a los estantes con aquella voz alta, cantarina, monótona.
-Las mujeres se parecen todas, es cosa sabida. ¡Olvídalo! ¡Toma, toma! -Y la maestra le alcanzó el libro a Edwin.- Lee el capítulo primero. ¡Lee el diario!
Edwin tomó el libro, pero no sintió el peso en las manos. El fuego retumbó y se succionó a sí mismo brillantemente subiendo por el cañón de la chimenea mientras Edwin comenzaba a leer, y a medida que Edwin leía la maestra iba aflojándose y apaciguándose y tranquilizándose, y cuantomás leía Edwin, más se serenaba y se meneaba la capucha gris, y la cara oculta parecía un badajo silencioso y solemne dentro de una campana. La luz del fuego encendió en los estantes el oro animal de las letras de los libros, y Edwin leía en alta voz, pero pensaba realmente en esos libros con páginas cercenadas o recortadas, donde se habían tachado ciertas líneas y se habían arrancado ciertas ilustraciones, los libros de mandíbulas de cuero apretadamente encoladas, y esos otros como perros rabiosos, sujetos con duras correas de bronce para que él, Edwin, no se acercase.
Todo esto pensó Edwin mientras movía los labios en la calma del fuego:
-En el Principio era Dios. Quien creó el Universo, y los Mundos dentro del Universo, los Continentes dentro de los Mundos, y las Tierras dentro de los Continentes, y de la mente y de la mano de Dios nació Su esposa amantísima y un hijo que con el tiempo llegaría él mismo a ser Dios...
La maestra asintió lentamente. El fuego bajó poco a poco y quedó reducido a unos carbones humeantes. Edwin siguió leyendo.
Deslizándose por el pasamanos, sin aliento, Edwin bajó al vestíbulo.
-¡Mamá! ¡Mamá!
La madre estaba sin aliento, echada en un sillón mullido, de color castaño, como si ella también hubiese venido corriendo desde lejos.
-¡Mamá, mamá, estás empapada!
-¿Sí? -preguntó la madre, como si hubiese corrido por culpa de Edwin-. Sí, sí. -Respiró hondamente y suspiró. Luego le tomó las manos a Edwin, besándoselas. Lo miró, serena, abriendo más y más los ojos.- Bueno, escúchame. Tengo una sorpresa para ti. ¿Sabes qué día es mañana? ¡No lo imaginas! ¡Es el día de tu cumpleaños!
-¡Pero sólo pasaron diez meses!
La madre se rió.
-¡Es mañana! Ocurren maravillas, digo yo. Y si yo digo que una cosa es así, es así, mi
querido.
Edwin estaba aturdido.
-¿Y abriremos otro cuarto secreto?
-¡El cuarto catorce, sí! ¡El quince el año próximo, el dieciséis, el diecisiete, y así uno tras otro hasta que cumplas veintiún años, Edwin! Luego, oh, ¡abriremos las puertas de triple cerrojo del más importante de los cuartos, y tú serás el Hombre de la Casa, el Padre, Dios, Señor del Universo!
-Oh -dijo Edwin, y en seguida-: ¡Oh!
Echó los libros al aire, y los libros estallaron como una vasta y susurrante explosión de palomas. Edwin rió. La madre rió. Las risas subieron y cayeron con los libros. Edwin corrió para deslizarse otra vez chillando por el pasamanos.
La madre lo esperó al pie de las escaleras, con los brazos abiertos.
Edwin estaba acostado en cama, a la luz de la luna, tocando la caja de resorte con las puntas de los dedos, pero la tapa no se abría. Movió la caja entre las manos, ciegamente, sin mirarla.
Mañana, su cumpleaños, ¿por qué? ¿Era él, Edwin, tan bueno? No. ¿Por qué entonces llegaba tan pronto el día del cumpleaños? Bueno, simplemente porque las cosas se le habían puesto... ¿Cómo decirlo? ¿Nerviosas? Sí, las cosas habían empezado a estremecerse, tanto de día como de noche.
Había visto el temblor blanco, la luz de la luna que descendía y descendía tocando la nieve invisible de la cara de la madre. Ya era necesario otro cumpleaños para que se tranquilizara de nuevo.
-Mis cumpleaños -le dijo al techo- vendrán cada vez más rápido desde ahora. Lo sé, lo sé. Mamá se ríe tan alto, y tiene algo en los ojos...
¿Invitarían a la maestra a la fiesta? No. Mamá y la maestra no se encontraban nunca. «¿Por qué no?» «Porque no», dijo mamá. «¿No quiere conocer a mamá, maestra?» «Algún día», dijo la maestra, débilmente, alejándose, flotando como una telaraña a lo largo del pasillo. «Algún... día...»
¿Y dónde pasaba las noches la maestra? ¿Se paseaba por todos esos secretos países
montañosos, altos, cerca de la luna, donde una piel de polvo velaba los candeleros, o iba de un lado a otro más allá de los árboles que se extendían más allá de los árboles que se extendían más allá de los árboles? No, no parecía posible.
Edwin apretó el juguete entre las manos sudorosas. El año anterior, cuando las cosas habían empezado a estremecerse y a temblar, ¿mamá no había adelantado también el cumpleaños varios meses? Sí, oh, sí, sí.
Trató de pensar en otra cosa. Dios. Dios constructor de un sótano de medianoche fría, de un altillo tostado por el sol, y todos los milagros intermedios. Pensó en la hora de la muerte, aplastado al fin por un monstruoso escarabajo que esperaba más allá de la pared. ¡Ay, cómo debieron de haberse estremecido los mundos al paso de Dios!
Edwin se acercó la caja de resorte a la boca, murmurando junto a la tapa.
-¡Hola! ¡Hola! Hola, hola...
No hubo respuesta, excepto la tensión del muelle interior. Te sacaré afuera, pensó Edwin.
Espera, espera y verás. Puede doler, pero hay un solo modo. Mira, mira...
Edwin salió de la cama y se asomó a la ventana sacando medio cuerpo afuera, mirando el sendero de losas de mármol iluminado por la luna. Alzó la caja todo lo posible, sintió las gotas de sudor en las axilas, sintió la presión de los dedos, sintió el estiramiento de los brazos. Arrojó afuera la caja, gritando. La caja dio vueltas en el aire, cayendo. Tardó un rato en chocar contra el pavimento de mármol.
Edwin se asomó todavía más, jadeante.
-¿Bueno? -gritó-. ¿Bueno? -y otra vez-: ¡Eh, tú! -y luego-: ¡Tú!
Los ecos se apagaron. La caja yacía a la sombra del bosque. Edwin no alcanzaba a ver si el
golpe la había abierto. No lograba ver si el polichinela se había alzado, sonriente, saliendo del calabozo horrible o si oscilaba con el viento ya para este lado ya para el otro, mientras las campanillas de plata tintineaban débilmente. Escuchó. Estuvo en la ventana una hora, escuchando, y al fin se volvió a la cama.
La mañana. Unas voces brillantes se movían cerca y lejos, dentro y fuera del Mundo de la Cocina, y Edwin abrió los ojos. ¿De quiénes eran esas voces, de quiénes podían ser? ¿Algunos de los trabajadores de Dios? ¿La gente de Dalí? Pero mamá las odiaba; no. Las voces se apagaron en un rugido zumbante. Silencio. Y desde un sitio remoto llegó un ruido de pasos apresurados, más y más alto y todavía más hasta que la puerta se abrió bruscamente.
-¡Feliz cumpleaños!
Bailaron, comieron pasteles congelados, mordieron helados de limón, bebieron vinos
rosados, y allí estaba el nombre de Edwin en una tarta nevada mientras mamá sacaba acordes al piano en una precipitación de sonidos y abría la boca para cantar, y luego se volvía para apartar a Edwin de más fresas, más vinos, más risas que sacudían los candeleros en lluvias temblorosas.
Luego, floreció una llave de plata, corrieron a abrir la prohibida puerta catorce.
-¡Listos! ¡Prepárate!
La puerta susurró en la pared.
-Ah -dijo Edwin, bastante decepcionado.
Pues esta habitación decimocuarta no era más que un armario polvoriento, de un color
castaño deslucido. ¡No había allí ninguna de las promesas que había encontrado en las salas de los otros aniversarios! El regalo de su sexto cumpleaños había sido el aula de las Tierras Altas. En su séptimo cumpleaños había abierto el cuarto de juegos de las Tierras Bajas. En el octavo, la sala de música; en el noveno, ¡la cocina milagrosa de fuegos infernales! El décimo había sido el día de la
habitación donde los fonógrafos susurraban: una continua exhalación de espectros que cantaban en un aire suave. ¡La undécima fue la vasta habitación verde adiamantada del Jardín donde había que cortar la alfombra en vez de barrerla!
-Oh, no te desilusiones, ¡muévete! -La madre, riendo, empujó a Edwin dentro del armario.-
¡Espera hasta descubrir qué mágica es! ¡Cierra la puerta!
Apretó un botón rojo oculto en la pared.
Edwin chilló:
-¡No!
Pues el cuarto se estremecía, animado como una boca que lo sostenía entre mandíbulas de hierro; el cuarto se movió, la pared se deslizó hacia abajo.
-Oh, tranquilo, querido -dijo la madre.
La puerta flotó y bajó al piso, y una larga pared insensatamente vacía se retorció a un lado como una interminable serpiente susurrante para abrirse en otra puerta y otra puerta que no se detuvo y que continuó pasando mientras Edwin gritaba abrazado a la cintura de la madre. El cuarto se quejó y carraspeó en algún sitio; los temblores cesaron, el cuarto se tranquilizó. Edwin se quedó mirando una puerta nueva y extraña y oyó que su madre le decía: Adelante, ábrela, ahí, adelante, ahí. Y la puerta nueva se abrió a un misterio todavía mayor. Edwin parpadeó.
-¡Las Tierras Altas! ¡Éstas son las Tierras Altas! ¿Cómo llegamos aquí? ¡Dónde está el vestíbulo, madre, dónde está el vestíbulo!
La madre lo empujó a través de la puerta.
-Saltamos hacia arriba, y volamos. ¡Una vez por semana subirás volando a la escuela en vez de dar ese largo rodeo!
Edwin no podía moverse aún, y contempló el misterio de una Tierra cambiada por otra
Tierra, de un País reemplazado por otro País todavía más alto y lejano.
-Oh, madre, madre... -dijo.
Fue un tiempo largo y dulce en las hierbas altas del jardín donde conocieron los ocios más deleitables, bebiendo copones de sidra con los codos apoyados en almohadones de seda escarlata, descalzos, los dedos de los pies envueltos en la aspereza de los dientes de león, la dulzura de los tréboles. La madre se sobresaltó dos veces cuando oyó el rugido de los Monstruos del otro lado de la floresta. Edwin le besó la mejilla.
-No te preocupes -le dijo-. Aquí estoy para protegerte.
-Lo sé muy bien -dijo ella, pero se volvió a mirar la figura de los árboles como si en cualquier momento el caos que esperaba allá afuera pudiese destruir instantáneamente el bosque, estampando un pie de Titán y reduciéndolos a polvo.
Cuando ya caía la tarde larga y azul vieron un pájaro de cromo que volaba atravesando una abertura brillante entre los árboles, alto y rugiente. Corrieron al vestíbulo, las cabezas inclinadas como antes de una tormenta verde de relámpagos y lluvia, sintiendo que el sonido los empapaba con cataratas enceguecedoras.
Una crepitación y otra... y el cumpleaños se apagó en una nada de celofán. A la caída del
sol, en el país de la sala, iluminada apenas, la madre inhaló champaña por la nariz, delicada y diminuta como el brote de una planta, y por la boca, pálida como una rosa de verano. Luego, aturdida y soñolienta, arrastró a Edwin al dormitorio y lo encerró.
Edwin se desvistió en una lenta pantomima de asombro, pensando: este año, el año
próximo, y qué habitación dentro de dos años, de tres. ¿Qué serían las Bestias, los Monstruos? ¿Y la destrucción y el asesinato que venían de Dios? ¿Qué era un asesinato? ¿Qué era la muerte?
¿Sería la muerte un sentimiento? ¿Lo había disfrutado tanto Dios que por eso no había vuelto nunca? ¿Era entonces la muerte un viaje?
En el vestíbulo, mientras iba escaleras abajo, la madre dejó caer una botella de champaña.
Edwin lo oyó y sintió frío, pues el pensamiento que lo asaltó entonces fue: ése es el sonido de mamá. Si ella se caía, si se rompía, a la mañana siguiente uno descubriría un millón de fragmentos.
Unos cristales brillantes y un vino claro en la alfombra, eso era todo lo que uno vería al alba.
La mañana fue un aroma de viñas y uvas y musgo en el cuarto de Edwin, un aroma de
sombra fresca. Escaleras abajo, en ese mismo instante, el desayuno estaba quizá manifestándose a sí mismo como un castañeteo de dedos sobre las mesas invernales.
Edwin se levantó para lavarse y vestirse y esperó, sintiéndose magníficamente bien. Ahora todo parecería fresco y nuevo por lo menos durante un mes. Hoy, como todos los días, habría desayuno, escuela, almuerzo, canciones en la sala de música, una hora o dos de juegos eléctricos, y luego... té en las Tierras Exteriores, sobre el césped luminoso. Después otra vez la escuela, en una última hora tardía, rondando junto con la maestra la biblioteca censurada, devanándose los sesos ante palabras y pensamientos que hablaban del mundo exterior censurado.
Había olvidado la nota de la maestra. Tenía que dársela a la madre.
Abrió la puerta. El vestíbulo estaba vacío. Descendiendo a las profundidades de los
Mundos, flotaba una niebla tenue, y ninguna pisada quebraba el silencio. Había quietud en las colinas; las fuentes de plata no latían a la primera luz del sol, y la baranda que subía retorciéndose entre las nieblas era un monstruo prehistórico que husmeaba el dormitorio. Se apartó de la criatura, buscando a la madre, como un bote blanco arrastrado por las mareas del alba y los vapores abisales.
La madre no estaba allí. Se precipitó descendiendo por las tierras serenas, gritando:
-¡Mamá!
La encontró en la sala, echada en el suelo. Tenía puesto el brillante vestido de fiesta de color verde oro, y apretaba en una mano el cuello de una botella de champaña. La alfombra estaba cubierta de vidrios.
La madre dormía, obviamente, de modo que Edwin se sentó a la mágica mesa del desayuno.
Miró parpadeando el mantel blanco y vacío y los platos resplandecientes. No había comida. Toda la vida lo habían esperado allí unos alimentos maravillosos. Hoy no.
-¡Mamá, despierta! -Corrió hacia la madre.- ¿Iré a la escuela? ¿Dónde está la comida?
¡Despierta!
Corrió escaleras arriba.
En las Tierras Altas había frío y sombras, y los soles de vidrio blanco no brillaban más en los techos de ese día, de nieblas tétricas. Edwin corrió por pasillos oscuros, por descoloridos continentes de silencio. Llamó y llamó a la puerta de la escuela. La puerta se abrió lentamente, sola, gimiendo.
La escuela estaba vacía y oscura. En la chimenea no rugía ningún fuego arrojando sombras a las vigas del techo... No se oía ningún crujido, ningún suspiro.
-¿Maestra?
Edwin se detuvo en el centro de la habitación muerta y helada.
-¡Maestra! -gritó.
Tiró de las cortinas; un débil rayo de sol cayó atravesando los vidrios emplomados.
Edwin movió las manos. Le ordenó al fuego que estallara como un grano de maíz. Le
ordenó que floreciera en vida. Cerró los ojos, esperando a que la maestra apareciera. Abrió los ojos y miró estupefacto el pupitre.
La túnica y la bufanda gris estaban allí cuidadosamente dobladas, y los lentes de plata brillaban encima, al lado de un guante gris. Edwin los tocó. El otro guante había desaparecido.
Descubrió encima de la túnica un pedazo de lápiz de cosmética. Lo probó dibujándose unas líneas oscuras en las manos.
Retrocedió, los ojos clavados en la túnica vacía, los lentes, el lápiz grasoso. Tocó el pestillo de una puerta que siempre había estado cerrada. La puerta se abrió lentamente. Edwin se encontró mirando el interior de un armarito pardo.
-¡Maestra!
Entró de prisa en el armario, y la puerta se cerró bruscamente, detrás. Apretó un botón rojo.
La habitación se hundió, y junto con ella se hundió también una frialdad lenta y mortal. En el mundo había silencio, quietud y calma. La maestra había desaparecido, y la madre... dormía. El cuarto cayó todavía más, sosteniendo a Edwin entre unas mandíbulas de hierro.
Un golpe de maquinarias. Una puerta se abrió deslizándose. Edwin salió corriendo. ¡La
sala!
Detrás no dejaba una puerta sino un simple panel de roble.
La madre yacía aún en el piso, imperturbable. Edwin movió el cuerpo y alcanzó a ver
debajo un guante gris y blando, un guante de la maestra.
Se quedó de pie junto a la madre, largo rato, mirando el guante increíble que tenía en la mano. Al fin se puso a gimotear.
Huyó corriendo a las Tierras Altas. La chimenea estaba fría; el cuarto, vacío. Esperó. La maestra no aparecía. Descendió de nuevo corriendo a las solemnes Tierras Bajas, y le ordenó a la mesa que se cubriera con platos humeantes. No ocurrió nada. Se sentó junto a la madre, hablándole y rogándole y tocándola, y las manos de ella estaban frías.
El tictac del reloj continuó y la luz cambió en el cielo y la madre no se movía, y Edwin tenía hambre y el polvo silencioso descendía en el aire a través de todos los Mundos. Edwin pensó en la maestra y supo que no estaba en ninguna de las colinas y montañas de arriba, y que sólo podía estar en un sitio. Había entrado por error en las Tierras Exteriores, y se había extraviado y no saldría de allí hasta que alguien fuera a buscarla. De modo que él, Edwin, tenía que salir, llamarla, traerla de vuelta para despertar a mamá, pues si no mamá se quedaría allí para siempre mientras el polvo caía en los vastos espacios oscurecidos.
Atravesó la cocina, salió por atrás, y encontró el sol poniente y oyó débilmente los cascos de las Bestias más allá de la frontera del Mundo. Se apoyó en la pared del jardín, no atreviéndose a seguir, y en las sombras, a la distancia, vio la caja rota que había arrojado por la ventana. Unas motas de luz solar chispeaban en la tapa rota y tocaban temblorosamente una y otra vez la cara del polichinela, que había saltado afuera y ahora abría los brazos en un eterno ademán de libertad. El muñeco sonreía y no sonreía, sonreía y no sonreía, mientras el sol parpadeaba sobre la boca, y Edwin miraba, de pie, hipnotizado, por encima y más allá. El muñeco abría los brazos hacia el sendero que se alejaba entre los árboles secretos, el sendero prohibido, manchado por los
excrementos oleosos de las Bestias. Pero el sendero se extendía en silencio y el sol calentaba y Edwin oyó el viento que soplaba apenas entre los árboles. Al fin se adelantó dejando atrás la pared del jardín.
-¿Maestra?
Siguió caminando a lo largo del sendero, unos pocos metros.
-¡Maestra!
Los zapatos le resbalaban en los excrementos de las Bestias, y Edwin miraba sin ver el extremo del túnel inmóvil. El sendero se movía debajo, los árboles encima.
-¡Maestra!
Caminó lentamente, pero sin detenerse ni aminorar la marcha. Al fin se volvió. Detrás se extendía el Mundo y aquel nuevo silencio. ¡El Mundo parecía disminuido, menor! Qué raro era verlo más pequeño que antes. Hasta hacía poco había sido siempre inmenso, y Edwin no había pensado nunca que cambiaría alguna vez. Sintió que se le paraba el corazón. Dio un paso atrás.
Pero casi en seguida sintió que el silencio del Mundo lo aterrorizaba y se volvió de nuevo hacia el sendero del bosque.
Todo lo que se extendía delante era nuevo. Los olores le colmaban la nariz; los colores, las formas raras, las dimensiones increíbles le colmaban los ojos.
Si corro más allá de los árboles me moriré, pensó, pues eso es lo que mamá decía. Te
morirás, te morirás.
Pero ¿qué era morirse? ¿Otro cuarto? ¡Un cuarto azul, un cuarto verde, mucho más grande que todos los cuartos anteriores! Pero ¿y la llave? Allá, muy lejos, un portón de hierro abierto de par en par, una puerta de hierro forjado. ¡Más allá un cuarto tan inmenso como el cielo, todo coloreado de verde con hierbas y árboles! Oh, mamá, maestra...
Edwin corrió, tropezó, cayó, se levantó, corrió de nuevo, y dejó atrás las piernas
entumecidas mientras caía y caía por la pendiente de una loma, fuera del sendero, gimoteando, llorando; y al fin los gimoteos y los llantos se transformaron en nuevos sonidos. Llegó a la puerta de hierro enmohecida y chirriante y la cruzó de un salto. El Universo se bamboleó detrás. Edwin corrió otra vez y ya no miró más los Mundos Antiguos, que se marchitaron y desvanecieron.
El policía se detuvo al borde de la acera, mirando la calle.
-Esos niños..., no los entenderé nunca.
-¿Qué pasó? -preguntó el peatón.
El policía pensó un rato frunciendo el ceño.
-Hace un par de segundos un niño pasó corriendo. Reía y lloraba, reía y lloraba, todo a la vez. Saltaba arriba y adelante y tocaba todas las cosas. Cosas corno faroles, postes telefónicos, bocas de agua, perros, gente. Cosas como aceras, vallas, puertas, coches, ventanas de vidrio esmerilado, cilindros de barbería. Demonios, hasta me tocó a mí y me miró, y miró el cielo, y viera cómo lloraba, y en todo ese tiempo gritaba y gritaba algo raro.
-¿Qué gritaba? -preguntó el peatón.
-Gritaba siempre: «¡Estoy muerto, estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto,
estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto, estoy muerto, es bueno estar muerto!». -El policía se rascó lentamente la barbilla.- Otro de esos nuevos juegos de niños, supongo.
escudriñando la tapa oxidada. Pero todos los esfuerzos eran inútiles: el polichinela no saltaba a la luz con un grito, ni sacudía las mangas de terciopelo en el aire, ni se balanceaba en una docena de direcciones con una sonrisa amplia y pintada. Seguía apretado bajo la tapa, en un rígido entumecimiento, resorte sobre resorte. Poniendo la oreja en la caja podían oírse la presión interior, el miedo y el pánico del juguete atrapado. Era como tener en la mano el corazón de alguien. Edwin no podía saber si los latidos venían de adentro o eran los golpes de su propia sangre en la madera de la caja.
Dejó caer la caja y miró hacia afuera. Los árboles rodeaban la casa, que rodeaba a Edwin.
No alcanzaba a ver detrás de los árboles. Si trataba de descubrir otro mundo, más allá, los árboles oscilaban con el viento, parando la curiosidad de Edwin, deteniéndole los ojos.
-¡Edwin! -Detrás, el aliento expectante y nervioso de la madre que bebía el café del
desayuno.- Deja de mirar. Come.
-No -murmuró Edwin.
-¿Qué? -Un susurro tieso. La madre debía de haberse dado vuelta.- ¿Qué es más importante, el desayuno o la ventana?
-La ventana -murmuró Edwin, y dejó que los ojos pasearan por los caminos y senderos que habían recorrido durante trece años. ¿Sería cierto que los árboles se extendían durante diez mil kilómetros hasta la nada? No podía saberlo. Los ojos de Edwin retornaron, derrotados, al césped cercano, los escalones, las manos que temblaban en el alféizar.
Se volvió a comer los melocotones insípidos, solo con su madre en la vasta y resonante sala del desayuno. Cinco mil mañanas ante esta mesa, esta ventana, y ningún movimiento más allá de los árboles.
Los dos comieron en silencio.
Ella era esa mujer pálida que a las seis de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las nueve de la noche y un minuto después de medianoche aparece silenciosa y blanca, alta y sola y serena en las casas de campo de cuatro tejados. Sólo los pájaros la ven. Es como pasar junto a un invernadero abandonado en donde un último y raro capullo blanco alza la cabeza a la luz de la luna.
Y el hijo de esa mujer, Edwin, es la flor de cardo que uno respira en una noche de viento, en la temporada de los cardos. Tiene un pelo sedoso y unos ojos siempre azules y febriles. Mira desvaídamente, como si hubiese dormido poco. Si una cierta puerta se cerrara de golpe, Edwin podría volar en pedazos como un paquete de triquitraques.
La madre de Edwin empezó a hablar, lentamente y con mucho cuidado al principio, luego
más rápido, en seguida con furia, y al fin casi escupiéndole las palabras en la cara.
-¿Por qué me desobedeces todas las mañanas? No me gusta verte con los ojos clavados en la ventana, ¿entiendes? ¿Qué esperas? ¿Quieres verlos? -gritó retorciendo los dedos. El rostro encendido y hermoso de la mujer era como una furiosa flor blanca-. ¿Quieres ver a las Bestias que corren por los caminos y aplastan a la gente como si fueran fresas?
Sí, pensó Edwin, me gustaría ver a las Bestias, horribles, tal como son.
-¿Quieres salir? -gritó la mujer-. ¿Como salió tu padre antes que tú nacieras, y que te maten como lo mataron a él, aplastado en el camino por uno de esos Terrores? ¿Te gustaría eso?
-No...
-¿No te basta que hayan matado a tu padre? No sé ni cómo se te ocurre pensar en esas
Bestias. -La mujer señaló el bosque con un ademán.- Bueno, si tanto quieres morir, ¡adelante!
La mujer se tranquilizó, pero los dedos siguieron abriéndose y cerrándose sobre el mantel.
-Edwin, Edwin, tu padre construyó todo este mundo. Era algo muy hermoso para él, y así tendría que ser también para ti. No hay nada, nada más allá de esos árboles, excepto la muerte. ¡No quiero que te acerques ahí! Éste es el Mundo. No hay otro que valga la pena.
Edwin asintió apenas.
-Sonríe ahora y termina tu tostada -dijo la mujer.
Edwin comió lentamente, con la ventana reflejada en secreto sobre la cuchara de plata.
-¿Mamá...? -No se atrevía a preguntarlo.- ¿Qué es... morir? Hablas siempre de lo mismo. ¿Es un sentimiento?
-Para quienes siguen vivos, sí, un mal sentimiento. -La mujer se incorporó de pronto.- Se te hace tarde para la escuela. ¡Corre!
Edwin la besó mientras recogía los libros.
-Adiós.
-Saluda a la maestra de mi parte.
Edwin se alejó de ella como una bala del revólver. Subió por escaleras interminables,
cruzando pasillos, vestíbulos, junto a ventanas que derramaban luz en oscuros paneles de galerías, como cascadas blancas. Subió más arriba, a través de las capas de tarta de los Mundos, separadas por la escarcha espesa de las alfombras orientales y coronadas de cirios brillantes.
Desde la escalera más alta miró hacia abajo a través de cuatro intervalos de Universo.
Las Tierras Bajas de la cocina, el comedor, la sala. Dos mesetas de música, juegos, cuadros y habitaciones cerradas, prohibidas. Y aquí -dio media vuelta- las alturas de los picnics, la aventura y el aprendizaje. Aquí se paseaba ociosamente, o cantaba solitarias canciones infantiles en el ventoso viaje a la escuela.
Éste, pues, era el Universo. Papá (o Dios, como mamá lo llamaba a menudo) había
levantado estas montañas de yeso empapelado, hacía mucho tiempo. Ésta era la creación de Dios-Padre, en la que bastaba con apretar un botón para que brillaran las estrellas. Y el sol era mamá, y mamá era el sol, y a su alrededor giraban todos los mundos. Y Edwin, un meteoro pequeño y oscuro, daba vueltas una y otra vez en las alfombras oscuras y los tapices deslumbrantes del espacio. Se podía ver cómo subía y se desvanecía en los vastos cometas de las escaleras, en marchas y exploraciones.
A veces él y la madre comían en las Tierras Altas, extendiendo manteles frescos como la nieve en velludos y rojizos prados de Persia, sobre las hierbas de color escarlata, en el aire enrarecido de las mesetas, en la cima de los mundos, donde retratos escamosos de desconocidos de cara cetrina bajaban los ojos malévolos espiando las comidas y fiestas. Sacaban agua de unos grifos de plata ocultos en nichos de azulejo, quebraban los leños en hornos de piedra, chillando. Jugaban a las escondidas en encantados países altos, en tierras ocultas, desconocidas y salvajes, donde la madre encontraba a Edwin envuelto como una momia en el terciopelo de una cortina o bajo los muebles enchapados como una planta rara protegida contra el viento. En una ocasión se extravió y anduvo durante horas por extrañas faldas montañosas de polvo y de ecos, donde los ganchos y perchas de los armarios sostenían sólo la noche. Pero la madre lo encontró y llevó al lloroso Edwin escaleras abajo, al Universo del nivel del suelo, a la sala donde las motas de polvo, exactas y familiares, caían en lloviznas de chispas en el aire iluminado por el sol.
Edwin corrió escaleras arriba.
Aquí golpeó miles de miles de puertas, todas cerradas y prohibidas. Aquí unas señoras de Picasso y unos caballeros de Dalí gritaban silenciosamente desde los asilos de las telas, observando con ojos dorados y ardientes los holgazaneos de Edwin.
-Esas cosas viven ahí afuera -había dicho la madre, señalando las familias Dalí-Picasso.
Ahora, corriendo rápidamente, Edwin les sacó la lengua.
Dejó de correr.
Una de las puertas prohibidas estaba abierta.
La clara luz del sol asomaba oblicuamente, tentándolo.
Más allá de la puerta, una escalera de espiral subía en el sol y el silencio.
Edwin se quedó allí un rato, jadeando. Año tras año había probado los pestillos de las puertas prohibidas, y siempre estaban cerradas. ¿Qué ocurriría ahora si abría esta puerta del todo y subía por la escalera? ¿Habría algún Monstruo oculto allá arriba?
-Hola.
La voz subió saltando en la espiral del sol.
-Hola... -suspiró un eco débil, perezoso, lejano, alto, alto, que se apagó en seguida.
Edwin cruzó el umbral.
-Por favor, por favor, no me hagas daño -le susurró al alto sitio soleado.
Subió deteniéndose en cada escalón, esperando el castigo, con los ojos cerrados como un penitente. Más rápido ahora, saltó alrededor y alrededor y hacia arriba hasta que las rodillas le dolieron y el aliento le entró y le salió como impulsado por una bomba neumática y la cabeza le resonó como una campana hasta que al fin alcanzó la cima terrible y se encontró en la terraza de una torre, inundada de sol.
El sol le golpeó los ojos. Nunca, nunca había conocido tanto sol. Se apoyó en la barandilla de hierro.
-¡Está ahí! -Abrió la boca moviendo la cabeza hacia uno y otro lado.- ¡Está ahí! -Corrió en círculos.- ¡Ahí!
Estaba más arriba de la sombría barrera de árboles. Era aquélla la primera vez que podía mirar por encima de los castaños y olmos ventosos, y hasta donde le alcanzaba la vista había hierba verde, árboles verdes y cintas blancas por donde corrían los coleópteros, y la otra mitad del mundo era azul e interminable, y el sol parecía perdido y goteaba en una increíble y honda habitación azul, tan vasta que Edwin sintió que se caía, y gritó, y se tomó con las dos manos del borde del parapeto, y más allá de los árboles, más allá de las cintas blancas donde corrían los coleópteros vio cosas que se alzaban como dedos, pero no vio terrores de la familia Dalí-Picasso, vio sólo unos pañuelitos azules y blancos y rojos que ondeaban en unos mástiles blancos.
Se sintió enfermo de pronto; estaba enfermo otra vez.
Volviéndose, casi cayó escaleras abajo.
Cerró de un golpe la puerta prohibida, apoyándose contra ella.
-Te quedarás ciego. -Se apretó las manos contra los ojos.- No tenías que haber visto, no,¡no!
Cayó de rodillas y se quedó retorcido allí en el suelo. Sólo tenía que esperar un momento; la ceguera llegaría pronto.
Cinco minutos más tarde estaba de pie junto a una ventana común de las Tierras Altas,
mirando el Mundo Jardín familiar.
Vio una vez más los olmos y los nogales y la pared de piedra, y aquel bosque que había sido para él hasta entonces como una muralla infinita que cerraba el Mundo, de modo que más allá no había nada sino una nada de pesadilla, y neblina, lluvia, y noche eterna. Ahora sabía que el Universo no terminaba con el bosque. Había otros mundos además de aquellos de las Tierras Altas y las Tierras Bajas.
Probó otra vez la puerta prohibida. Cerrada.
¿Había subido realmente? ¿Había descubierto de verdad aquella vastedad azulada y verde?
¿Dios lo había visto? Edwin se estremeció. Dios, Dios, que fumaba misteriosas pipas negras y esgrimía bastones mágicos. Dios, que quizás estaba observándolo aun ahora.
-Todavía puedo ver. Gracias, gracias, ¡todavía puedo ver!
A las nueve y media, una hora y media tarde, llamó a la puerta de la escuela.
-¡Buenos días, maestra!
La puerta se abrió. La maestra esperaba vestida con unos hábitos de monje, largos, grises, de tela basta; la capucha le ocultaba el rostro, y tenía puestos los lentes de plata. Las manos cubiertas con guantes grises le hicieron una seña.
-Llegas tarde.
Más allá, el fuego de la chimenea coloreaba el país de los libros. Había paredes
enladrilladas con enciclopedias, y una chimenea en la que uno se podía meter sin golpearse la coronilla. Un leño ardía con un resplandor feroz.
La puerta se cerró y hubo un silencio cálido. Aquí estaba el pupitre, donde Dios se había sentado una vez; Dios había pisado esta misma alfombra, y había llenado la pipa con tabaco aromático, mirando ceñudamente la vasta ventana de vidrios emplomados. El cuarto olía a Dios, a madera pulida, tabaco, cuero y monedas de plata. Aquí la voz de la maestra cantaba como un arpa solemne, hablando de Dios, los viejos días, y el Mundo que la determinación de Dios había
sacudido, y el ingenio de Dios había estremecido, y la mano de Dios había sacado de la nada, con un esbozo, un grito, una madera alzada al aire. Las huellas dactilares de Dios todavía estaban en media docena de lápices afilados, como copos de nieve derretidos a medias, y guardados en vitrinas. Nunca había que tocarlos, pues si no, se desvanecerían para siempre.
Aquí, aquí en las Tierras Altas, al sonido blando de la voz de la maestra que hablaba y hablaba, Edwin aprendía lo que debía aprender: de él mismo y de su cuerpo. Crecería con los años hasta ser una Presencia; tenía que acomodarse a los olores y a la voz de trompeta de Dios. Un día se alzaría envuelto en un fuego pálido, junto a la elevada ventana, y dando un grito libraría de polvo a los rayos de los Mundos; sería Dios él mismo. Nada podía impedirlo. Ni el cielo, ni los árboles, ni las cosas que estaban más allá de los árboles.
La maestra se movió en el cuarto como una nube de vapor.
-¿Por qué has llegado tarde, Edwin?
-No sé.
-Te lo preguntaré de nuevo. Edwin, ¿por qué has llegado tarde?
-Una..., una de las puertas prohibidas estaba abierta y...
Edwin oyó que la maestra contenía el aliento, siseando. Vio que se echaba lentamente hacia atrás y se hundía en la silla alta labrada a mano, y que la oscuridad la devoraba, y que los lentes emitían una luz débil, antes de desvanecerse. Sintió que la maestra lo miraba desde la sombra y que le hablaba con una voz apagada, como una voz que se oye de noche, la propia voz de uno poco antes de despertar de una pesadilla.
-¿Qué puerta? ¿Dónde? -preguntó la maestra-. Ah, ¡tenía que estar cerrada!
-La puerta junto a la gente de Dalí-Picasso -dijo Edwin, aterrorizado. Él y la maestra habían sido siempre amigos. ¿Había terminado esa amistad? ¿Él la había estropeado?-. Subía las escaleras.
-¡Tuve que hacerlo! De veras lo siento. No se lo cuente a mamá, por favor.
La maestra parecía perdida en el hueco de la silla, en el hueco de la capucha. Los lentes eran como débiles luciérnagas en aquel pozo de soledad.
-¿Y qué viste allí? -murmuró la maestra.
-¡Una sala grande y azul!
-¿Sí?
-Y una sala verde, y cintas con bichos que corrían, pero me quedé allí poco tiempo, poco tiempo, ¡lo juro!
-Una sala verde, y cintas, sí, cintas, y bichos que corren, sí -dijo la mujer con una voz que entristeció a Edwin.
Trató de tocar la mano de la maestra, pero la mano cayó en el regazo y retrocedió a la oscuridad del pecho.
-Bajé en seguida, cerré la puerta, y no miraré otra vez, ¡nunca! -gritó Edwin.
La voz de la mujer era ahora tan débil que Edwin apenas podía oírla.
-Pero ahora has visto, y querrás ver otras cosas, y ya nadie te quitará la oscuridad. -La capucha se movía lentamente hacia atrás y hacia adelante, volviéndose hacia Edwin, interrogando.-
¿Te..., te gustó lo que viste?
-Me asusté. Era grande.
-Grande, sí. Grande, grande, Edwin. No como nuestro mundo. Grande, vasto, incierto. Oh, ¿por qué lo hiciste? Sabías que estaba mal.
El fuego floreció y se marchitó en el hogar mientras la maestra esperaba la respuesta de Edwin, y al fin, como el niño no pudo responder, ella dijo, con labios que apenas se movían:
-¿Es a causa de tu madre?
-¡No lo sé!
-¿La encuentras nerviosa, irritante, sientes que te persigue, que te está siempre encima, te gustaría estar solo a veces, no es eso, no es eso, no es eso?
Edwin sollozó, sacudiéndose.
-¡Sí, sí!
-¿Por eso te escapas, porque ella te exige demasiado, te pide todo tu tiempo, todos tus pensamientos? -La voz de la maestra parecía perdida y triste.-Dime...
Edwin tenía las manos pegajosas de lágrimas.
-¡Sí! -Se mordió los dedos y el dorso de las manos.- ¡Sí! -No estaba bien admitir cosas semejantes, pero no tenía que decirlas ahora, ella las decía, ella las decía, y él sólo tenía que asentir, sacudir la cabeza, morderse los nudillos, gritar entre sollozos.
La maestra tenía un millón de años.
-Aprendemos -dijo fatigada. Dejando la silla se movió haciendo oscilar las ropas grises y se acercó al escritorio, donde la mano enguantada buscó largo rato hasta que encontró lápiz y papel-.Aprendemos, oh Dios, pero tan despacio, y con tanto dolor, aprendemos. Pensamos que actuamos
bien, pero todo el tiempo, todo el tiempo, echamos a perder el Plan...
La maestra respiró siseando y levantó bruscamente la cabeza. La capucha tembló, como si estuviese vacía.
La maestra escribió unas palabras en el papel.
-Dale esto a tu madre. Dice ahí que debes tener dos horas todas las tardes, para ti mismo,
para que andes por donde quieras. Excepto allá afuera, por supuesto. ¿Me escuchas, niño?
-Sí. -Edwin se secó la cara.- Pero...
-Adelante.
-¿Me mintió mamá acerca de los sitios de afuera y las Bestias?
-Mírame -dijo la mujer-. He sido tu amiga. Nunca te castigué, como tu madre ha tenido que hacerlo, a veces. Las dos estamos aquí para ayudarte a entender y a crecer, y para que no te destruyan como a Dios.
La maestra se incorporó, y en ese momento torció la capucha, de modo que el color del
fuego le bañó la cara. Rápidamente, el fuego le borró las innumerables arrugas.
Edwin se quedó sin aliento. El corazón se le volcó en un sobresalto.
-¡El fuego! -Edwin miró el fuego y se volvió otra vez hacia la cara de la maestra. La
capucha se sacudió, ocultándose. La cara desapareció en el pozo profundo.- Su cara -dijo Edwin-.
¡Se parece a la de mamá!
La maestra se movió rápidamente hacia los libros y tomó uno. Le habló a los estantes con aquella voz alta, cantarina, monótona.
-Las mujeres se parecen todas, es cosa sabida. ¡Olvídalo! ¡Toma, toma! -Y la maestra le alcanzó el libro a Edwin.- Lee el capítulo primero. ¡Lee el diario!
Edwin tomó el libro, pero no sintió el peso en las manos. El fuego retumbó y se succionó a sí mismo brillantemente subiendo por el cañón de la chimenea mientras Edwin comenzaba a leer, y a medida que Edwin leía la maestra iba aflojándose y apaciguándose y tranquilizándose, y cuantomás leía Edwin, más se serenaba y se meneaba la capucha gris, y la cara oculta parecía un badajo silencioso y solemne dentro de una campana. La luz del fuego encendió en los estantes el oro animal de las letras de los libros, y Edwin leía en alta voz, pero pensaba realmente en esos libros con páginas cercenadas o recortadas, donde se habían tachado ciertas líneas y se habían arrancado ciertas ilustraciones, los libros de mandíbulas de cuero apretadamente encoladas, y esos otros como perros rabiosos, sujetos con duras correas de bronce para que él, Edwin, no se acercase.
Todo esto pensó Edwin mientras movía los labios en la calma del fuego:
-En el Principio era Dios. Quien creó el Universo, y los Mundos dentro del Universo, los Continentes dentro de los Mundos, y las Tierras dentro de los Continentes, y de la mente y de la mano de Dios nació Su esposa amantísima y un hijo que con el tiempo llegaría él mismo a ser Dios...
La maestra asintió lentamente. El fuego bajó poco a poco y quedó reducido a unos carbones humeantes. Edwin siguió leyendo.
Deslizándose por el pasamanos, sin aliento, Edwin bajó al vestíbulo.
-¡Mamá! ¡Mamá!
La madre estaba sin aliento, echada en un sillón mullido, de color castaño, como si ella también hubiese venido corriendo desde lejos.
-¡Mamá, mamá, estás empapada!
-¿Sí? -preguntó la madre, como si hubiese corrido por culpa de Edwin-. Sí, sí. -Respiró hondamente y suspiró. Luego le tomó las manos a Edwin, besándoselas. Lo miró, serena, abriendo más y más los ojos.- Bueno, escúchame. Tengo una sorpresa para ti. ¿Sabes qué día es mañana? ¡No lo imaginas! ¡Es el día de tu cumpleaños!
-¡Pero sólo pasaron diez meses!
La madre se rió.
-¡Es mañana! Ocurren maravillas, digo yo. Y si yo digo que una cosa es así, es así, mi
querido.
Edwin estaba aturdido.
-¿Y abriremos otro cuarto secreto?
-¡El cuarto catorce, sí! ¡El quince el año próximo, el dieciséis, el diecisiete, y así uno tras otro hasta que cumplas veintiún años, Edwin! Luego, oh, ¡abriremos las puertas de triple cerrojo del más importante de los cuartos, y tú serás el Hombre de la Casa, el Padre, Dios, Señor del Universo!
-Oh -dijo Edwin, y en seguida-: ¡Oh!
Echó los libros al aire, y los libros estallaron como una vasta y susurrante explosión de palomas. Edwin rió. La madre rió. Las risas subieron y cayeron con los libros. Edwin corrió para deslizarse otra vez chillando por el pasamanos.
La madre lo esperó al pie de las escaleras, con los brazos abiertos.
Edwin estaba acostado en cama, a la luz de la luna, tocando la caja de resorte con las puntas de los dedos, pero la tapa no se abría. Movió la caja entre las manos, ciegamente, sin mirarla.
Mañana, su cumpleaños, ¿por qué? ¿Era él, Edwin, tan bueno? No. ¿Por qué entonces llegaba tan pronto el día del cumpleaños? Bueno, simplemente porque las cosas se le habían puesto... ¿Cómo decirlo? ¿Nerviosas? Sí, las cosas habían empezado a estremecerse, tanto de día como de noche.
Había visto el temblor blanco, la luz de la luna que descendía y descendía tocando la nieve invisible de la cara de la madre. Ya era necesario otro cumpleaños para que se tranquilizara de nuevo.
-Mis cumpleaños -le dijo al techo- vendrán cada vez más rápido desde ahora. Lo sé, lo sé. Mamá se ríe tan alto, y tiene algo en los ojos...
¿Invitarían a la maestra a la fiesta? No. Mamá y la maestra no se encontraban nunca. «¿Por qué no?» «Porque no», dijo mamá. «¿No quiere conocer a mamá, maestra?» «Algún día», dijo la maestra, débilmente, alejándose, flotando como una telaraña a lo largo del pasillo. «Algún... día...»
¿Y dónde pasaba las noches la maestra? ¿Se paseaba por todos esos secretos países
montañosos, altos, cerca de la luna, donde una piel de polvo velaba los candeleros, o iba de un lado a otro más allá de los árboles que se extendían más allá de los árboles que se extendían más allá de los árboles? No, no parecía posible.
Edwin apretó el juguete entre las manos sudorosas. El año anterior, cuando las cosas habían empezado a estremecerse y a temblar, ¿mamá no había adelantado también el cumpleaños varios meses? Sí, oh, sí, sí.
Trató de pensar en otra cosa. Dios. Dios constructor de un sótano de medianoche fría, de un altillo tostado por el sol, y todos los milagros intermedios. Pensó en la hora de la muerte, aplastado al fin por un monstruoso escarabajo que esperaba más allá de la pared. ¡Ay, cómo debieron de haberse estremecido los mundos al paso de Dios!
Edwin se acercó la caja de resorte a la boca, murmurando junto a la tapa.
-¡Hola! ¡Hola! Hola, hola...
No hubo respuesta, excepto la tensión del muelle interior. Te sacaré afuera, pensó Edwin.
Espera, espera y verás. Puede doler, pero hay un solo modo. Mira, mira...
Edwin salió de la cama y se asomó a la ventana sacando medio cuerpo afuera, mirando el sendero de losas de mármol iluminado por la luna. Alzó la caja todo lo posible, sintió las gotas de sudor en las axilas, sintió la presión de los dedos, sintió el estiramiento de los brazos. Arrojó afuera la caja, gritando. La caja dio vueltas en el aire, cayendo. Tardó un rato en chocar contra el pavimento de mármol.
Edwin se asomó todavía más, jadeante.
-¿Bueno? -gritó-. ¿Bueno? -y otra vez-: ¡Eh, tú! -y luego-: ¡Tú!
Los ecos se apagaron. La caja yacía a la sombra del bosque. Edwin no alcanzaba a ver si el
golpe la había abierto. No lograba ver si el polichinela se había alzado, sonriente, saliendo del calabozo horrible o si oscilaba con el viento ya para este lado ya para el otro, mientras las campanillas de plata tintineaban débilmente. Escuchó. Estuvo en la ventana una hora, escuchando, y al fin se volvió a la cama.
La mañana. Unas voces brillantes se movían cerca y lejos, dentro y fuera del Mundo de la Cocina, y Edwin abrió los ojos. ¿De quiénes eran esas voces, de quiénes podían ser? ¿Algunos de los trabajadores de Dios? ¿La gente de Dalí? Pero mamá las odiaba; no. Las voces se apagaron en un rugido zumbante. Silencio. Y desde un sitio remoto llegó un ruido de pasos apresurados, más y más alto y todavía más hasta que la puerta se abrió bruscamente.
-¡Feliz cumpleaños!
Bailaron, comieron pasteles congelados, mordieron helados de limón, bebieron vinos
rosados, y allí estaba el nombre de Edwin en una tarta nevada mientras mamá sacaba acordes al piano en una precipitación de sonidos y abría la boca para cantar, y luego se volvía para apartar a Edwin de más fresas, más vinos, más risas que sacudían los candeleros en lluvias temblorosas.
Luego, floreció una llave de plata, corrieron a abrir la prohibida puerta catorce.
-¡Listos! ¡Prepárate!
La puerta susurró en la pared.
-Ah -dijo Edwin, bastante decepcionado.
Pues esta habitación decimocuarta no era más que un armario polvoriento, de un color
castaño deslucido. ¡No había allí ninguna de las promesas que había encontrado en las salas de los otros aniversarios! El regalo de su sexto cumpleaños había sido el aula de las Tierras Altas. En su séptimo cumpleaños había abierto el cuarto de juegos de las Tierras Bajas. En el octavo, la sala de música; en el noveno, ¡la cocina milagrosa de fuegos infernales! El décimo había sido el día de la
habitación donde los fonógrafos susurraban: una continua exhalación de espectros que cantaban en un aire suave. ¡La undécima fue la vasta habitación verde adiamantada del Jardín donde había que cortar la alfombra en vez de barrerla!
-Oh, no te desilusiones, ¡muévete! -La madre, riendo, empujó a Edwin dentro del armario.-
¡Espera hasta descubrir qué mágica es! ¡Cierra la puerta!
Apretó un botón rojo oculto en la pared.
Edwin chilló:
-¡No!
Pues el cuarto se estremecía, animado como una boca que lo sostenía entre mandíbulas de hierro; el cuarto se movió, la pared se deslizó hacia abajo.
-Oh, tranquilo, querido -dijo la madre.
La puerta flotó y bajó al piso, y una larga pared insensatamente vacía se retorció a un lado como una interminable serpiente susurrante para abrirse en otra puerta y otra puerta que no se detuvo y que continuó pasando mientras Edwin gritaba abrazado a la cintura de la madre. El cuarto se quejó y carraspeó en algún sitio; los temblores cesaron, el cuarto se tranquilizó. Edwin se quedó mirando una puerta nueva y extraña y oyó que su madre le decía: Adelante, ábrela, ahí, adelante, ahí. Y la puerta nueva se abrió a un misterio todavía mayor. Edwin parpadeó.
-¡Las Tierras Altas! ¡Éstas son las Tierras Altas! ¿Cómo llegamos aquí? ¡Dónde está el vestíbulo, madre, dónde está el vestíbulo!
La madre lo empujó a través de la puerta.
-Saltamos hacia arriba, y volamos. ¡Una vez por semana subirás volando a la escuela en vez de dar ese largo rodeo!
Edwin no podía moverse aún, y contempló el misterio de una Tierra cambiada por otra
Tierra, de un País reemplazado por otro País todavía más alto y lejano.
-Oh, madre, madre... -dijo.
Fue un tiempo largo y dulce en las hierbas altas del jardín donde conocieron los ocios más deleitables, bebiendo copones de sidra con los codos apoyados en almohadones de seda escarlata, descalzos, los dedos de los pies envueltos en la aspereza de los dientes de león, la dulzura de los tréboles. La madre se sobresaltó dos veces cuando oyó el rugido de los Monstruos del otro lado de la floresta. Edwin le besó la mejilla.
-No te preocupes -le dijo-. Aquí estoy para protegerte.
-Lo sé muy bien -dijo ella, pero se volvió a mirar la figura de los árboles como si en cualquier momento el caos que esperaba allá afuera pudiese destruir instantáneamente el bosque, estampando un pie de Titán y reduciéndolos a polvo.
Cuando ya caía la tarde larga y azul vieron un pájaro de cromo que volaba atravesando una abertura brillante entre los árboles, alto y rugiente. Corrieron al vestíbulo, las cabezas inclinadas como antes de una tormenta verde de relámpagos y lluvia, sintiendo que el sonido los empapaba con cataratas enceguecedoras.
Una crepitación y otra... y el cumpleaños se apagó en una nada de celofán. A la caída del
sol, en el país de la sala, iluminada apenas, la madre inhaló champaña por la nariz, delicada y diminuta como el brote de una planta, y por la boca, pálida como una rosa de verano. Luego, aturdida y soñolienta, arrastró a Edwin al dormitorio y lo encerró.
Edwin se desvistió en una lenta pantomima de asombro, pensando: este año, el año
próximo, y qué habitación dentro de dos años, de tres. ¿Qué serían las Bestias, los Monstruos? ¿Y la destrucción y el asesinato que venían de Dios? ¿Qué era un asesinato? ¿Qué era la muerte?
¿Sería la muerte un sentimiento? ¿Lo había disfrutado tanto Dios que por eso no había vuelto nunca? ¿Era entonces la muerte un viaje?
En el vestíbulo, mientras iba escaleras abajo, la madre dejó caer una botella de champaña.
Edwin lo oyó y sintió frío, pues el pensamiento que lo asaltó entonces fue: ése es el sonido de mamá. Si ella se caía, si se rompía, a la mañana siguiente uno descubriría un millón de fragmentos.
Unos cristales brillantes y un vino claro en la alfombra, eso era todo lo que uno vería al alba.
La mañana fue un aroma de viñas y uvas y musgo en el cuarto de Edwin, un aroma de
sombra fresca. Escaleras abajo, en ese mismo instante, el desayuno estaba quizá manifestándose a sí mismo como un castañeteo de dedos sobre las mesas invernales.
Edwin se levantó para lavarse y vestirse y esperó, sintiéndose magníficamente bien. Ahora todo parecería fresco y nuevo por lo menos durante un mes. Hoy, como todos los días, habría desayuno, escuela, almuerzo, canciones en la sala de música, una hora o dos de juegos eléctricos, y luego... té en las Tierras Exteriores, sobre el césped luminoso. Después otra vez la escuela, en una última hora tardía, rondando junto con la maestra la biblioteca censurada, devanándose los sesos ante palabras y pensamientos que hablaban del mundo exterior censurado.
Había olvidado la nota de la maestra. Tenía que dársela a la madre.
Abrió la puerta. El vestíbulo estaba vacío. Descendiendo a las profundidades de los
Mundos, flotaba una niebla tenue, y ninguna pisada quebraba el silencio. Había quietud en las colinas; las fuentes de plata no latían a la primera luz del sol, y la baranda que subía retorciéndose entre las nieblas era un monstruo prehistórico que husmeaba el dormitorio. Se apartó de la criatura, buscando a la madre, como un bote blanco arrastrado por las mareas del alba y los vapores abisales.
La madre no estaba allí. Se precipitó descendiendo por las tierras serenas, gritando:
-¡Mamá!
La encontró en la sala, echada en el suelo. Tenía puesto el brillante vestido de fiesta de color verde oro, y apretaba en una mano el cuello de una botella de champaña. La alfombra estaba cubierta de vidrios.
La madre dormía, obviamente, de modo que Edwin se sentó a la mágica mesa del desayuno.
Miró parpadeando el mantel blanco y vacío y los platos resplandecientes. No había comida. Toda la vida lo habían esperado allí unos alimentos maravillosos. Hoy no.
-¡Mamá, despierta! -Corrió hacia la madre.- ¿Iré a la escuela? ¿Dónde está la comida?
¡Despierta!
Corrió escaleras arriba.
En las Tierras Altas había frío y sombras, y los soles de vidrio blanco no brillaban más en los techos de ese día, de nieblas tétricas. Edwin corrió por pasillos oscuros, por descoloridos continentes de silencio. Llamó y llamó a la puerta de la escuela. La puerta se abrió lentamente, sola, gimiendo.
La escuela estaba vacía y oscura. En la chimenea no rugía ningún fuego arrojando sombras a las vigas del techo... No se oía ningún crujido, ningún suspiro.
-¿Maestra?
Edwin se detuvo en el centro de la habitación muerta y helada.
-¡Maestra! -gritó.
Tiró de las cortinas; un débil rayo de sol cayó atravesando los vidrios emplomados.
Edwin movió las manos. Le ordenó al fuego que estallara como un grano de maíz. Le
ordenó que floreciera en vida. Cerró los ojos, esperando a que la maestra apareciera. Abrió los ojos y miró estupefacto el pupitre.
La túnica y la bufanda gris estaban allí cuidadosamente dobladas, y los lentes de plata brillaban encima, al lado de un guante gris. Edwin los tocó. El otro guante había desaparecido.
Descubrió encima de la túnica un pedazo de lápiz de cosmética. Lo probó dibujándose unas líneas oscuras en las manos.
Retrocedió, los ojos clavados en la túnica vacía, los lentes, el lápiz grasoso. Tocó el pestillo de una puerta que siempre había estado cerrada. La puerta se abrió lentamente. Edwin se encontró mirando el interior de un armarito pardo.
-¡Maestra!
Entró de prisa en el armario, y la puerta se cerró bruscamente, detrás. Apretó un botón rojo.
La habitación se hundió, y junto con ella se hundió también una frialdad lenta y mortal. En el mundo había silencio, quietud y calma. La maestra había desaparecido, y la madre... dormía. El cuarto cayó todavía más, sosteniendo a Edwin entre unas mandíbulas de hierro.
Un golpe de maquinarias. Una puerta se abrió deslizándose. Edwin salió corriendo. ¡La
sala!
Detrás no dejaba una puerta sino un simple panel de roble.
La madre yacía aún en el piso, imperturbable. Edwin movió el cuerpo y alcanzó a ver
debajo un guante gris y blando, un guante de la maestra.
Se quedó de pie junto a la madre, largo rato, mirando el guante increíble que tenía en la mano. Al fin se puso a gimotear.
Huyó corriendo a las Tierras Altas. La chimenea estaba fría; el cuarto, vacío. Esperó. La maestra no aparecía. Descendió de nuevo corriendo a las solemnes Tierras Bajas, y le ordenó a la mesa que se cubriera con platos humeantes. No ocurrió nada. Se sentó junto a la madre, hablándole y rogándole y tocándola, y las manos de ella estaban frías.
El tictac del reloj continuó y la luz cambió en el cielo y la madre no se movía, y Edwin tenía hambre y el polvo silencioso descendía en el aire a través de todos los Mundos. Edwin pensó en la maestra y supo que no estaba en ninguna de las colinas y montañas de arriba, y que sólo podía estar en un sitio. Había entrado por error en las Tierras Exteriores, y se había extraviado y no saldría de allí hasta que alguien fuera a buscarla. De modo que él, Edwin, tenía que salir, llamarla, traerla de vuelta para despertar a mamá, pues si no mamá se quedaría allí para siempre mientras el polvo caía en los vastos espacios oscurecidos.
Atravesó la cocina, salió por atrás, y encontró el sol poniente y oyó débilmente los cascos de las Bestias más allá de la frontera del Mundo. Se apoyó en la pared del jardín, no atreviéndose a seguir, y en las sombras, a la distancia, vio la caja rota que había arrojado por la ventana. Unas motas de luz solar chispeaban en la tapa rota y tocaban temblorosamente una y otra vez la cara del polichinela, que había saltado afuera y ahora abría los brazos en un eterno ademán de libertad. El muñeco sonreía y no sonreía, sonreía y no sonreía, mientras el sol parpadeaba sobre la boca, y Edwin miraba, de pie, hipnotizado, por encima y más allá. El muñeco abría los brazos hacia el sendero que se alejaba entre los árboles secretos, el sendero prohibido, manchado por los
excrementos oleosos de las Bestias. Pero el sendero se extendía en silencio y el sol calentaba y Edwin oyó el viento que soplaba apenas entre los árboles. Al fin se adelantó dejando atrás la pared del jardín.
-¿Maestra?
Siguió caminando a lo largo del sendero, unos pocos metros.
-¡Maestra!
Los zapatos le resbalaban en los excrementos de las Bestias, y Edwin miraba sin ver el extremo del túnel inmóvil. El sendero se movía debajo, los árboles encima.
-¡Maestra!
Caminó lentamente, pero sin detenerse ni aminorar la marcha. Al fin se volvió. Detrás se extendía el Mundo y aquel nuevo silencio. ¡El Mundo parecía disminuido, menor! Qué raro era verlo más pequeño que antes. Hasta hacía poco había sido siempre inmenso, y Edwin no había pensado nunca que cambiaría alguna vez. Sintió que se le paraba el corazón. Dio un paso atrás.
Pero casi en seguida sintió que el silencio del Mundo lo aterrorizaba y se volvió de nuevo hacia el sendero del bosque.
Todo lo que se extendía delante era nuevo. Los olores le colmaban la nariz; los colores, las formas raras, las dimensiones increíbles le colmaban los ojos.
Si corro más allá de los árboles me moriré, pensó, pues eso es lo que mamá decía. Te
morirás, te morirás.
Pero ¿qué era morirse? ¿Otro cuarto? ¡Un cuarto azul, un cuarto verde, mucho más grande que todos los cuartos anteriores! Pero ¿y la llave? Allá, muy lejos, un portón de hierro abierto de par en par, una puerta de hierro forjado. ¡Más allá un cuarto tan inmenso como el cielo, todo coloreado de verde con hierbas y árboles! Oh, mamá, maestra...
Edwin corrió, tropezó, cayó, se levantó, corrió de nuevo, y dejó atrás las piernas
entumecidas mientras caía y caía por la pendiente de una loma, fuera del sendero, gimoteando, llorando; y al fin los gimoteos y los llantos se transformaron en nuevos sonidos. Llegó a la puerta de hierro enmohecida y chirriante y la cruzó de un salto. El Universo se bamboleó detrás. Edwin corrió otra vez y ya no miró más los Mundos Antiguos, que se marchitaron y desvanecieron.
El policía se detuvo al borde de la acera, mirando la calle.
-Esos niños..., no los entenderé nunca.
-¿Qué pasó? -preguntó el peatón.
El policía pensó un rato frunciendo el ceño.
-Hace un par de segundos un niño pasó corriendo. Reía y lloraba, reía y lloraba, todo a la vez. Saltaba arriba y adelante y tocaba todas las cosas. Cosas corno faroles, postes telefónicos, bocas de agua, perros, gente. Cosas como aceras, vallas, puertas, coches, ventanas de vidrio esmerilado, cilindros de barbería. Demonios, hasta me tocó a mí y me miró, y miró el cielo, y viera cómo lloraba, y en todo ese tiempo gritaba y gritaba algo raro.
-¿Qué gritaba? -preguntó el peatón.
-Gritaba siempre: «¡Estoy muerto, estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto,
estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto, estoy muerto, es bueno estar muerto!». -El policía se rascó lentamente la barbilla.- Otro de esos nuevos juegos de niños, supongo.
el lago
Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos niños gritones jugaban con pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.
Subí corriendo por la playa.
Mamá me frotó con una esponjosa toalla.
-Quédate aquí y sécate -dijo.
Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.
-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.
-Espera que vea mi carne de gallina -dije.
-Harold -dijo mamá.
Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.
Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.
Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.
Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.
Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.
Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.
-Mamá, quiero correr por la playa.
-De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.
Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.
Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.
De manera que yo estaba realmente solo.
Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.
Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:
-¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!
Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...
-El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.
Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.
Grité su nombre una y otra vez.
-¡Tally! ¡Oh, Tally!
El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.
-¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!
Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.
-¡Tally!
Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.
Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.
-Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.
Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.
No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.
Subí silenciosamente por la playa.
Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.
Salí en el tren al día siguiente.
Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.
Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.
Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.
Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.
El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.
Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.
¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.
Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.
Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.
Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.
Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.
La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.
Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.
-Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía.
-Pero ¿por qué?
-Quédate aquí, eso es todo...
Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.
-¿Qué es eso? -le pregunté.
El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió.
-¿Qué es? -insistí.
-Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente.
Esperé.
-Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo.
Repetí sus palabras.
-¿Mucho tiempo?
-Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable.
-Abra el saco -dije, sin saber por qué.
El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.
-Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir. -¡Vamos, ábralo! -grité.
-Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña...
Abrió el saco lo justo.
La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.
Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.
-¿Dónde la encontró? -pregunté.
-Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?
Sacudí la cabeza.
-Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.
Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.
El salvavidas ató el saco de nuevo.
Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.
-Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo.
Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.
Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban .
Entonces... me di cuenta.
-Te ayudaré a acabarlo -dije.
Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.
Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba sonriendo...
Subí corriendo por la playa.
Mamá me frotó con una esponjosa toalla.
-Quédate aquí y sécate -dijo.
Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.
-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.
-Espera que vea mi carne de gallina -dije.
-Harold -dijo mamá.
Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.
Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.
Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.
Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.
Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.
Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.
-Mamá, quiero correr por la playa.
-De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.
Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.
Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.
De manera que yo estaba realmente solo.
Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.
Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:
-¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!
Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...
-El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.
Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.
Grité su nombre una y otra vez.
-¡Tally! ¡Oh, Tally!
El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.
-¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!
Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.
-¡Tally!
Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.
Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.
-Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.
Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.
No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.
Subí silenciosamente por la playa.
Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.
Salí en el tren al día siguiente.
Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.
Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.
Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.
Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.
El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.
Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.
¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.
Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.
Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.
Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.
Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.
La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.
Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.
-Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía.
-Pero ¿por qué?
-Quédate aquí, eso es todo...
Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.
-¿Qué es eso? -le pregunté.
El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió.
-¿Qué es? -insistí.
-Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente.
Esperé.
-Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo.
Repetí sus palabras.
-¿Mucho tiempo?
-Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable.
-Abra el saco -dije, sin saber por qué.
El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.
-Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir. -¡Vamos, ábralo! -grité.
-Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña...
Abrió el saco lo justo.
La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.
Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.
-¿Dónde la encontró? -pregunté.
-Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?
Sacudí la cabeza.
-Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.
Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.
El salvavidas ató el saco de nuevo.
Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.
-Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo.
Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.
Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban .
Entonces... me di cuenta.
-Te ayudaré a acabarlo -dije.
Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.
Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba sonriendo...
el ruido de un trueno
El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! -Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
- ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
- Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
- Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores: -¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. Dios mío, estamos arruinados. Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso - dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa.
1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
- ¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! -Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
- ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
- Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
- Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores: -¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. Dios mío, estamos arruinados. Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso - dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa.
1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
- ¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.
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