domingo, 6 de febrero de 2011

la caja de sorpresas

Miro por las ventanas de la mañana fría, con la caja de resorte en las manos,
escudriñando la tapa oxidada. Pero todos los esfuerzos eran inútiles: el polichinela no saltaba a la luz con un grito, ni sacudía las mangas de terciopelo en el aire, ni se balanceaba en una docena de direcciones con una sonrisa amplia y pintada. Seguía apretado bajo la tapa, en un rígido entumecimiento, resorte sobre resorte. Poniendo la oreja en la caja podían oírse la presión interior, el miedo y el pánico del juguete atrapado. Era como tener en la mano el corazón de alguien. Edwin no podía saber si los latidos venían de adentro o eran los golpes de su propia sangre en la madera de la caja.
Dejó caer la caja y miró hacia afuera. Los árboles rodeaban la casa, que rodeaba a Edwin.
No alcanzaba a ver detrás de los árboles. Si trataba de descubrir otro mundo, más allá, los árboles oscilaban con el viento, parando la curiosidad de Edwin, deteniéndole los ojos.
-¡Edwin! -Detrás, el aliento expectante y nervioso de la madre que bebía el café del
desayuno.- Deja de mirar. Come.
-No -murmuró Edwin.
-¿Qué? -Un susurro tieso. La madre debía de haberse dado vuelta.- ¿Qué es más importante, el desayuno o la ventana?
-La ventana -murmuró Edwin, y dejó que los ojos pasearan por los caminos y senderos que habían recorrido durante trece años. ¿Sería cierto que los árboles se extendían durante diez mil kilómetros hasta la nada? No podía saberlo. Los ojos de Edwin retornaron, derrotados, al césped cercano, los escalones, las manos que temblaban en el alféizar.
Se volvió a comer los melocotones insípidos, solo con su madre en la vasta y resonante sala del desayuno. Cinco mil mañanas ante esta mesa, esta ventana, y ningún movimiento más allá de los árboles.
Los dos comieron en silencio.
Ella era esa mujer pálida que a las seis de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las nueve de la noche y un minuto después de medianoche aparece silenciosa y blanca, alta y sola y serena en las casas de campo de cuatro tejados. Sólo los pájaros la ven. Es como pasar junto a un invernadero abandonado en donde un último y raro capullo blanco alza la cabeza a la luz de la luna.
Y el hijo de esa mujer, Edwin, es la flor de cardo que uno respira en una noche de viento, en la temporada de los cardos. Tiene un pelo sedoso y unos ojos siempre azules y febriles. Mira desvaídamente, como si hubiese dormido poco. Si una cierta puerta se cerrara de golpe, Edwin podría volar en pedazos como un paquete de triquitraques.
La madre de Edwin empezó a hablar, lentamente y con mucho cuidado al principio, luego
más rápido, en seguida con furia, y al fin casi escupiéndole las palabras en la cara.
-¿Por qué me desobedeces todas las mañanas? No me gusta verte con los ojos clavados en la ventana, ¿entiendes? ¿Qué esperas? ¿Quieres verlos? -gritó retorciendo los dedos. El rostro encendido y hermoso de la mujer era como una furiosa flor blanca-. ¿Quieres ver a las Bestias que corren por los caminos y aplastan a la gente como si fueran fresas?
Sí, pensó Edwin, me gustaría ver a las Bestias, horribles, tal como son.
-¿Quieres salir? -gritó la mujer-. ¿Como salió tu padre antes que tú nacieras, y que te maten como lo mataron a él, aplastado en el camino por uno de esos Terrores? ¿Te gustaría eso?
-No...
-¿No te basta que hayan matado a tu padre? No sé ni cómo se te ocurre pensar en esas
Bestias. -La mujer señaló el bosque con un ademán.- Bueno, si tanto quieres morir, ¡adelante!
La mujer se tranquilizó, pero los dedos siguieron abriéndose y cerrándose sobre el mantel.
-Edwin, Edwin, tu padre construyó todo este mundo. Era algo muy hermoso para él, y así tendría que ser también para ti. No hay nada, nada más allá de esos árboles, excepto la muerte. ¡No quiero que te acerques ahí! Éste es el Mundo. No hay otro que valga la pena.
Edwin asintió apenas.
-Sonríe ahora y termina tu tostada -dijo la mujer.
Edwin comió lentamente, con la ventana reflejada en secreto sobre la cuchara de plata.
-¿Mamá...? -No se atrevía a preguntarlo.- ¿Qué es... morir? Hablas siempre de lo mismo. ¿Es un sentimiento?
-Para quienes siguen vivos, sí, un mal sentimiento. -La mujer se incorporó de pronto.- Se te hace tarde para la escuela. ¡Corre!
Edwin la besó mientras recogía los libros.
-Adiós.
-Saluda a la maestra de mi parte.
Edwin se alejó de ella como una bala del revólver. Subió por escaleras interminables,
cruzando pasillos, vestíbulos, junto a ventanas que derramaban luz en oscuros paneles de galerías, como cascadas blancas. Subió más arriba, a través de las capas de tarta de los Mundos, separadas por la escarcha espesa de las alfombras orientales y coronadas de cirios brillantes.
Desde la escalera más alta miró hacia abajo a través de cuatro intervalos de Universo.
Las Tierras Bajas de la cocina, el comedor, la sala. Dos mesetas de música, juegos, cuadros y habitaciones cerradas, prohibidas. Y aquí -dio media vuelta- las alturas de los picnics, la aventura y el aprendizaje. Aquí se paseaba ociosamente, o cantaba solitarias canciones infantiles en el ventoso viaje a la escuela.
Éste, pues, era el Universo. Papá (o Dios, como mamá lo llamaba a menudo) había
levantado estas montañas de yeso empapelado, hacía mucho tiempo. Ésta era la creación de Dios-Padre, en la que bastaba con apretar un botón para que brillaran las estrellas. Y el sol era mamá, y mamá era el sol, y a su alrededor giraban todos los mundos. Y Edwin, un meteoro pequeño y oscuro, daba vueltas una y otra vez en las alfombras oscuras y los tapices deslumbrantes del espacio. Se podía ver cómo subía y se desvanecía en los vastos cometas de las escaleras, en marchas y exploraciones.
A veces él y la madre comían en las Tierras Altas, extendiendo manteles frescos como la nieve en velludos y rojizos prados de Persia, sobre las hierbas de color escarlata, en el aire enrarecido de las mesetas, en la cima de los mundos, donde retratos escamosos de desconocidos de cara cetrina bajaban los ojos malévolos espiando las comidas y fiestas. Sacaban agua de unos grifos de plata ocultos en nichos de azulejo, quebraban los leños en hornos de piedra, chillando. Jugaban a las escondidas en encantados países altos, en tierras ocultas, desconocidas y salvajes, donde la madre encontraba a Edwin envuelto como una momia en el terciopelo de una cortina o bajo los muebles enchapados como una planta rara protegida contra el viento. En una ocasión se extravió y anduvo durante horas por extrañas faldas montañosas de polvo y de ecos, donde los ganchos y perchas de los armarios sostenían sólo la noche. Pero la madre lo encontró y llevó al lloroso Edwin escaleras abajo, al Universo del nivel del suelo, a la sala donde las motas de polvo, exactas y familiares, caían en lloviznas de chispas en el aire iluminado por el sol.
Edwin corrió escaleras arriba.
Aquí golpeó miles de miles de puertas, todas cerradas y prohibidas. Aquí unas señoras de Picasso y unos caballeros de Dalí gritaban silenciosamente desde los asilos de las telas, observando con ojos dorados y ardientes los holgazaneos de Edwin.
-Esas cosas viven ahí afuera -había dicho la madre, señalando las familias Dalí-Picasso.
Ahora, corriendo rápidamente, Edwin les sacó la lengua.
Dejó de correr.
Una de las puertas prohibidas estaba abierta.
La clara luz del sol asomaba oblicuamente, tentándolo.
Más allá de la puerta, una escalera de espiral subía en el sol y el silencio.
Edwin se quedó allí un rato, jadeando. Año tras año había probado los pestillos de las puertas prohibidas, y siempre estaban cerradas. ¿Qué ocurriría ahora si abría esta puerta del todo y subía por la escalera? ¿Habría algún Monstruo oculto allá arriba?
-Hola.
La voz subió saltando en la espiral del sol.
-Hola... -suspiró un eco débil, perezoso, lejano, alto, alto, que se apagó en seguida.
Edwin cruzó el umbral.
-Por favor, por favor, no me hagas daño -le susurró al alto sitio soleado.
Subió deteniéndose en cada escalón, esperando el castigo, con los ojos cerrados como un penitente. Más rápido ahora, saltó alrededor y alrededor y hacia arriba hasta que las rodillas le dolieron y el aliento le entró y le salió como impulsado por una bomba neumática y la cabeza le resonó como una campana hasta que al fin alcanzó la cima terrible y se encontró en la terraza de una torre, inundada de sol.
El sol le golpeó los ojos. Nunca, nunca había conocido tanto sol. Se apoyó en la barandilla de hierro.
-¡Está ahí! -Abrió la boca moviendo la cabeza hacia uno y otro lado.- ¡Está ahí! -Corrió en círculos.- ¡Ahí!
Estaba más arriba de la sombría barrera de árboles. Era aquélla la primera vez que podía mirar por encima de los castaños y olmos ventosos, y hasta donde le alcanzaba la vista había hierba verde, árboles verdes y cintas blancas por donde corrían los coleópteros, y la otra mitad del mundo era azul e interminable, y el sol parecía perdido y goteaba en una increíble y honda habitación azul, tan vasta que Edwin sintió que se caía, y gritó, y se tomó con las dos manos del borde del parapeto, y más allá de los árboles, más allá de las cintas blancas donde corrían los coleópteros vio cosas que se alzaban como dedos, pero no vio terrores de la familia Dalí-Picasso, vio sólo unos pañuelitos azules y blancos y rojos que ondeaban en unos mástiles blancos.
Se sintió enfermo de pronto; estaba enfermo otra vez.
Volviéndose, casi cayó escaleras abajo.
Cerró de un golpe la puerta prohibida, apoyándose contra ella.
-Te quedarás ciego. -Se apretó las manos contra los ojos.- No tenías que haber visto, no,¡no!
Cayó de rodillas y se quedó retorcido allí en el suelo. Sólo tenía que esperar un momento; la ceguera llegaría pronto.
Cinco minutos más tarde estaba de pie junto a una ventana común de las Tierras Altas,
mirando el Mundo Jardín familiar.
Vio una vez más los olmos y los nogales y la pared de piedra, y aquel bosque que había sido para él hasta entonces como una muralla infinita que cerraba el Mundo, de modo que más allá no había nada sino una nada de pesadilla, y neblina, lluvia, y noche eterna. Ahora sabía que el Universo no terminaba con el bosque. Había otros mundos además de aquellos de las Tierras Altas y las Tierras Bajas.
Probó otra vez la puerta prohibida. Cerrada.
¿Había subido realmente? ¿Había descubierto de verdad aquella vastedad azulada y verde?
¿Dios lo había visto? Edwin se estremeció. Dios, Dios, que fumaba misteriosas pipas negras y esgrimía bastones mágicos. Dios, que quizás estaba observándolo aun ahora.
-Todavía puedo ver. Gracias, gracias, ¡todavía puedo ver!
A las nueve y media, una hora y media tarde, llamó a la puerta de la escuela.
-¡Buenos días, maestra!
La puerta se abrió. La maestra esperaba vestida con unos hábitos de monje, largos, grises, de tela basta; la capucha le ocultaba el rostro, y tenía puestos los lentes de plata. Las manos cubiertas con guantes grises le hicieron una seña.
-Llegas tarde.
Más allá, el fuego de la chimenea coloreaba el país de los libros. Había paredes
enladrilladas con enciclopedias, y una chimenea en la que uno se podía meter sin golpearse la coronilla. Un leño ardía con un resplandor feroz.
La puerta se cerró y hubo un silencio cálido. Aquí estaba el pupitre, donde Dios se había sentado una vez; Dios había pisado esta misma alfombra, y había llenado la pipa con tabaco aromático, mirando ceñudamente la vasta ventana de vidrios emplomados. El cuarto olía a Dios, a madera pulida, tabaco, cuero y monedas de plata. Aquí la voz de la maestra cantaba como un arpa solemne, hablando de Dios, los viejos días, y el Mundo que la determinación de Dios había
sacudido, y el ingenio de Dios había estremecido, y la mano de Dios había sacado de la nada, con un esbozo, un grito, una madera alzada al aire. Las huellas dactilares de Dios todavía estaban en media docena de lápices afilados, como copos de nieve derretidos a medias, y guardados en vitrinas. Nunca había que tocarlos, pues si no, se desvanecerían para siempre.
Aquí, aquí en las Tierras Altas, al sonido blando de la voz de la maestra que hablaba y hablaba, Edwin aprendía lo que debía aprender: de él mismo y de su cuerpo. Crecería con los años hasta ser una Presencia; tenía que acomodarse a los olores y a la voz de trompeta de Dios. Un día se alzaría envuelto en un fuego pálido, junto a la elevada ventana, y dando un grito libraría de polvo a los rayos de los Mundos; sería Dios él mismo. Nada podía impedirlo. Ni el cielo, ni los árboles, ni las cosas que estaban más allá de los árboles.
La maestra se movió en el cuarto como una nube de vapor.
-¿Por qué has llegado tarde, Edwin?
-No sé.
-Te lo preguntaré de nuevo. Edwin, ¿por qué has llegado tarde?
-Una..., una de las puertas prohibidas estaba abierta y...
Edwin oyó que la maestra contenía el aliento, siseando. Vio que se echaba lentamente hacia atrás y se hundía en la silla alta labrada a mano, y que la oscuridad la devoraba, y que los lentes emitían una luz débil, antes de desvanecerse. Sintió que la maestra lo miraba desde la sombra y que le hablaba con una voz apagada, como una voz que se oye de noche, la propia voz de uno poco antes de despertar de una pesadilla.
-¿Qué puerta? ¿Dónde? -preguntó la maestra-. Ah, ¡tenía que estar cerrada!
-La puerta junto a la gente de Dalí-Picasso -dijo Edwin, aterrorizado. Él y la maestra habían sido siempre amigos. ¿Había terminado esa amistad? ¿Él la había estropeado?-. Subía las escaleras.
-¡Tuve que hacerlo! De veras lo siento. No se lo cuente a mamá, por favor.
La maestra parecía perdida en el hueco de la silla, en el hueco de la capucha. Los lentes eran como débiles luciérnagas en aquel pozo de soledad.
-¿Y qué viste allí? -murmuró la maestra.
-¡Una sala grande y azul!
-¿Sí?
-Y una sala verde, y cintas con bichos que corrían, pero me quedé allí poco tiempo, poco tiempo, ¡lo juro!
-Una sala verde, y cintas, sí, cintas, y bichos que corren, sí -dijo la mujer con una voz que entristeció a Edwin.
Trató de tocar la mano de la maestra, pero la mano cayó en el regazo y retrocedió a la oscuridad del pecho.
-Bajé en seguida, cerré la puerta, y no miraré otra vez, ¡nunca! -gritó Edwin.
La voz de la mujer era ahora tan débil que Edwin apenas podía oírla.
-Pero ahora has visto, y querrás ver otras cosas, y ya nadie te quitará la oscuridad. -La capucha se movía lentamente hacia atrás y hacia adelante, volviéndose hacia Edwin, interrogando.-
¿Te..., te gustó lo que viste?
-Me asusté. Era grande.
-Grande, sí. Grande, grande, Edwin. No como nuestro mundo. Grande, vasto, incierto. Oh, ¿por qué lo hiciste? Sabías que estaba mal.
El fuego floreció y se marchitó en el hogar mientras la maestra esperaba la respuesta de Edwin, y al fin, como el niño no pudo responder, ella dijo, con labios que apenas se movían:
-¿Es a causa de tu madre?
-¡No lo sé!
-¿La encuentras nerviosa, irritante, sientes que te persigue, que te está siempre encima, te gustaría estar solo a veces, no es eso, no es eso, no es eso?
Edwin sollozó, sacudiéndose.
-¡Sí, sí!
-¿Por eso te escapas, porque ella te exige demasiado, te pide todo tu tiempo, todos tus pensamientos? -La voz de la maestra parecía perdida y triste.-Dime...
Edwin tenía las manos pegajosas de lágrimas.
-¡Sí! -Se mordió los dedos y el dorso de las manos.- ¡Sí! -No estaba bien admitir cosas semejantes, pero no tenía que decirlas ahora, ella las decía, ella las decía, y él sólo tenía que asentir, sacudir la cabeza, morderse los nudillos, gritar entre sollozos.
La maestra tenía un millón de años.
-Aprendemos -dijo fatigada. Dejando la silla se movió haciendo oscilar las ropas grises y se acercó al escritorio, donde la mano enguantada buscó largo rato hasta que encontró lápiz y papel-.Aprendemos, oh Dios, pero tan despacio, y con tanto dolor, aprendemos. Pensamos que actuamos
bien, pero todo el tiempo, todo el tiempo, echamos a perder el Plan...
La maestra respiró siseando y levantó bruscamente la cabeza. La capucha tembló, como si estuviese vacía.
La maestra escribió unas palabras en el papel.
-Dale esto a tu madre. Dice ahí que debes tener dos horas todas las tardes, para ti mismo,
para que andes por donde quieras. Excepto allá afuera, por supuesto. ¿Me escuchas, niño?
-Sí. -Edwin se secó la cara.- Pero...
-Adelante.
-¿Me mintió mamá acerca de los sitios de afuera y las Bestias?
-Mírame -dijo la mujer-. He sido tu amiga. Nunca te castigué, como tu madre ha tenido que hacerlo, a veces. Las dos estamos aquí para ayudarte a entender y a crecer, y para que no te destruyan como a Dios.
La maestra se incorporó, y en ese momento torció la capucha, de modo que el color del
fuego le bañó la cara. Rápidamente, el fuego le borró las innumerables arrugas.
Edwin se quedó sin aliento. El corazón se le volcó en un sobresalto.
-¡El fuego! -Edwin miró el fuego y se volvió otra vez hacia la cara de la maestra. La
capucha se sacudió, ocultándose. La cara desapareció en el pozo profundo.- Su cara -dijo Edwin-.
¡Se parece a la de mamá!
La maestra se movió rápidamente hacia los libros y tomó uno. Le habló a los estantes con aquella voz alta, cantarina, monótona.
-Las mujeres se parecen todas, es cosa sabida. ¡Olvídalo! ¡Toma, toma! -Y la maestra le alcanzó el libro a Edwin.- Lee el capítulo primero. ¡Lee el diario!
Edwin tomó el libro, pero no sintió el peso en las manos. El fuego retumbó y se succionó a sí mismo brillantemente subiendo por el cañón de la chimenea mientras Edwin comenzaba a leer, y a medida que Edwin leía la maestra iba aflojándose y apaciguándose y tranquilizándose, y cuantomás leía Edwin, más se serenaba y se meneaba la capucha gris, y la cara oculta parecía un badajo silencioso y solemne dentro de una campana. La luz del fuego encendió en los estantes el oro animal de las letras de los libros, y Edwin leía en alta voz, pero pensaba realmente en esos libros con páginas cercenadas o recortadas, donde se habían tachado ciertas líneas y se habían arrancado ciertas ilustraciones, los libros de mandíbulas de cuero apretadamente encoladas, y esos otros como perros rabiosos, sujetos con duras correas de bronce para que él, Edwin, no se acercase.
Todo esto pensó Edwin mientras movía los labios en la calma del fuego:
-En el Principio era Dios. Quien creó el Universo, y los Mundos dentro del Universo, los Continentes dentro de los Mundos, y las Tierras dentro de los Continentes, y de la mente y de la mano de Dios nació Su esposa amantísima y un hijo que con el tiempo llegaría él mismo a ser Dios...
La maestra asintió lentamente. El fuego bajó poco a poco y quedó reducido a unos carbones humeantes. Edwin siguió leyendo.
Deslizándose por el pasamanos, sin aliento, Edwin bajó al vestíbulo.
-¡Mamá! ¡Mamá!
La madre estaba sin aliento, echada en un sillón mullido, de color castaño, como si ella también hubiese venido corriendo desde lejos.
-¡Mamá, mamá, estás empapada!
-¿Sí? -preguntó la madre, como si hubiese corrido por culpa de Edwin-. Sí, sí. -Respiró hondamente y suspiró. Luego le tomó las manos a Edwin, besándoselas. Lo miró, serena, abriendo más y más los ojos.- Bueno, escúchame. Tengo una sorpresa para ti. ¿Sabes qué día es mañana? ¡No lo imaginas! ¡Es el día de tu cumpleaños!
-¡Pero sólo pasaron diez meses!
La madre se rió.
-¡Es mañana! Ocurren maravillas, digo yo. Y si yo digo que una cosa es así, es así, mi
querido.
Edwin estaba aturdido.
-¿Y abriremos otro cuarto secreto?
-¡El cuarto catorce, sí! ¡El quince el año próximo, el dieciséis, el diecisiete, y así uno tras otro hasta que cumplas veintiún años, Edwin! Luego, oh, ¡abriremos las puertas de triple cerrojo del más importante de los cuartos, y tú serás el Hombre de la Casa, el Padre, Dios, Señor del Universo!
-Oh -dijo Edwin, y en seguida-: ¡Oh!
Echó los libros al aire, y los libros estallaron como una vasta y susurrante explosión de palomas. Edwin rió. La madre rió. Las risas subieron y cayeron con los libros. Edwin corrió para deslizarse otra vez chillando por el pasamanos.
La madre lo esperó al pie de las escaleras, con los brazos abiertos.
Edwin estaba acostado en cama, a la luz de la luna, tocando la caja de resorte con las puntas de los dedos, pero la tapa no se abría. Movió la caja entre las manos, ciegamente, sin mirarla.
Mañana, su cumpleaños, ¿por qué? ¿Era él, Edwin, tan bueno? No. ¿Por qué entonces llegaba tan pronto el día del cumpleaños? Bueno, simplemente porque las cosas se le habían puesto... ¿Cómo decirlo? ¿Nerviosas? Sí, las cosas habían empezado a estremecerse, tanto de día como de noche.
Había visto el temblor blanco, la luz de la luna que descendía y descendía tocando la nieve invisible de la cara de la madre. Ya era necesario otro cumpleaños para que se tranquilizara de nuevo.
-Mis cumpleaños -le dijo al techo- vendrán cada vez más rápido desde ahora. Lo sé, lo sé. Mamá se ríe tan alto, y tiene algo en los ojos...
¿Invitarían a la maestra a la fiesta? No. Mamá y la maestra no se encontraban nunca. «¿Por qué no?» «Porque no», dijo mamá. «¿No quiere conocer a mamá, maestra?» «Algún día», dijo la maestra, débilmente, alejándose, flotando como una telaraña a lo largo del pasillo. «Algún... día...»
¿Y dónde pasaba las noches la maestra? ¿Se paseaba por todos esos secretos países
montañosos, altos, cerca de la luna, donde una piel de polvo velaba los candeleros, o iba de un lado a otro más allá de los árboles que se extendían más allá de los árboles que se extendían más allá de los árboles? No, no parecía posible.
Edwin apretó el juguete entre las manos sudorosas. El año anterior, cuando las cosas habían empezado a estremecerse y a temblar, ¿mamá no había adelantado también el cumpleaños varios meses? Sí, oh, sí, sí.
Trató de pensar en otra cosa. Dios. Dios constructor de un sótano de medianoche fría, de un altillo tostado por el sol, y todos los milagros intermedios. Pensó en la hora de la muerte, aplastado al fin por un monstruoso escarabajo que esperaba más allá de la pared. ¡Ay, cómo debieron de haberse estremecido los mundos al paso de Dios!
Edwin se acercó la caja de resorte a la boca, murmurando junto a la tapa.
-¡Hola! ¡Hola! Hola, hola...
No hubo respuesta, excepto la tensión del muelle interior. Te sacaré afuera, pensó Edwin.
Espera, espera y verás. Puede doler, pero hay un solo modo. Mira, mira...
Edwin salió de la cama y se asomó a la ventana sacando medio cuerpo afuera, mirando el sendero de losas de mármol iluminado por la luna. Alzó la caja todo lo posible, sintió las gotas de sudor en las axilas, sintió la presión de los dedos, sintió el estiramiento de los brazos. Arrojó afuera la caja, gritando. La caja dio vueltas en el aire, cayendo. Tardó un rato en chocar contra el pavimento de mármol.
Edwin se asomó todavía más, jadeante.
-¿Bueno? -gritó-. ¿Bueno? -y otra vez-: ¡Eh, tú! -y luego-: ¡Tú!
Los ecos se apagaron. La caja yacía a la sombra del bosque. Edwin no alcanzaba a ver si el
golpe la había abierto. No lograba ver si el polichinela se había alzado, sonriente, saliendo del calabozo horrible o si oscilaba con el viento ya para este lado ya para el otro, mientras las campanillas de plata tintineaban débilmente. Escuchó. Estuvo en la ventana una hora, escuchando, y al fin se volvió a la cama.
La mañana. Unas voces brillantes se movían cerca y lejos, dentro y fuera del Mundo de la Cocina, y Edwin abrió los ojos. ¿De quiénes eran esas voces, de quiénes podían ser? ¿Algunos de los trabajadores de Dios? ¿La gente de Dalí? Pero mamá las odiaba; no. Las voces se apagaron en un rugido zumbante. Silencio. Y desde un sitio remoto llegó un ruido de pasos apresurados, más y más alto y todavía más hasta que la puerta se abrió bruscamente.
-¡Feliz cumpleaños!
Bailaron, comieron pasteles congelados, mordieron helados de limón, bebieron vinos
rosados, y allí estaba el nombre de Edwin en una tarta nevada mientras mamá sacaba acordes al piano en una precipitación de sonidos y abría la boca para cantar, y luego se volvía para apartar a Edwin de más fresas, más vinos, más risas que sacudían los candeleros en lluvias temblorosas.
Luego, floreció una llave de plata, corrieron a abrir la prohibida puerta catorce.
-¡Listos! ¡Prepárate!
La puerta susurró en la pared.
-Ah -dijo Edwin, bastante decepcionado.
Pues esta habitación decimocuarta no era más que un armario polvoriento, de un color
castaño deslucido. ¡No había allí ninguna de las promesas que había encontrado en las salas de los otros aniversarios! El regalo de su sexto cumpleaños había sido el aula de las Tierras Altas. En su séptimo cumpleaños había abierto el cuarto de juegos de las Tierras Bajas. En el octavo, la sala de música; en el noveno, ¡la cocina milagrosa de fuegos infernales! El décimo había sido el día de la
habitación donde los fonógrafos susurraban: una continua exhalación de espectros que cantaban en un aire suave. ¡La undécima fue la vasta habitación verde adiamantada del Jardín donde había que cortar la alfombra en vez de barrerla!
-Oh, no te desilusiones, ¡muévete! -La madre, riendo, empujó a Edwin dentro del armario.-
¡Espera hasta descubrir qué mágica es! ¡Cierra la puerta!
Apretó un botón rojo oculto en la pared.
Edwin chilló:
-¡No!
Pues el cuarto se estremecía, animado como una boca que lo sostenía entre mandíbulas de hierro; el cuarto se movió, la pared se deslizó hacia abajo.
-Oh, tranquilo, querido -dijo la madre.
La puerta flotó y bajó al piso, y una larga pared insensatamente vacía se retorció a un lado como una interminable serpiente susurrante para abrirse en otra puerta y otra puerta que no se detuvo y que continuó pasando mientras Edwin gritaba abrazado a la cintura de la madre. El cuarto se quejó y carraspeó en algún sitio; los temblores cesaron, el cuarto se tranquilizó. Edwin se quedó mirando una puerta nueva y extraña y oyó que su madre le decía: Adelante, ábrela, ahí, adelante, ahí. Y la puerta nueva se abrió a un misterio todavía mayor. Edwin parpadeó.
-¡Las Tierras Altas! ¡Éstas son las Tierras Altas! ¿Cómo llegamos aquí? ¡Dónde está el vestíbulo, madre, dónde está el vestíbulo!
La madre lo empujó a través de la puerta.
-Saltamos hacia arriba, y volamos. ¡Una vez por semana subirás volando a la escuela en vez de dar ese largo rodeo!
Edwin no podía moverse aún, y contempló el misterio de una Tierra cambiada por otra
Tierra, de un País reemplazado por otro País todavía más alto y lejano.
-Oh, madre, madre... -dijo.
Fue un tiempo largo y dulce en las hierbas altas del jardín donde conocieron los ocios más deleitables, bebiendo copones de sidra con los codos apoyados en almohadones de seda escarlata, descalzos, los dedos de los pies envueltos en la aspereza de los dientes de león, la dulzura de los tréboles. La madre se sobresaltó dos veces cuando oyó el rugido de los Monstruos del otro lado de la floresta. Edwin le besó la mejilla.
-No te preocupes -le dijo-. Aquí estoy para protegerte.
-Lo sé muy bien -dijo ella, pero se volvió a mirar la figura de los árboles como si en cualquier momento el caos que esperaba allá afuera pudiese destruir instantáneamente el bosque, estampando un pie de Titán y reduciéndolos a polvo.
Cuando ya caía la tarde larga y azul vieron un pájaro de cromo que volaba atravesando una abertura brillante entre los árboles, alto y rugiente. Corrieron al vestíbulo, las cabezas inclinadas como antes de una tormenta verde de relámpagos y lluvia, sintiendo que el sonido los empapaba con cataratas enceguecedoras.
Una crepitación y otra... y el cumpleaños se apagó en una nada de celofán. A la caída del
sol, en el país de la sala, iluminada apenas, la madre inhaló champaña por la nariz, delicada y diminuta como el brote de una planta, y por la boca, pálida como una rosa de verano. Luego, aturdida y soñolienta, arrastró a Edwin al dormitorio y lo encerró.
Edwin se desvistió en una lenta pantomima de asombro, pensando: este año, el año
próximo, y qué habitación dentro de dos años, de tres. ¿Qué serían las Bestias, los Monstruos? ¿Y la destrucción y el asesinato que venían de Dios? ¿Qué era un asesinato? ¿Qué era la muerte?
¿Sería la muerte un sentimiento? ¿Lo había disfrutado tanto Dios que por eso no había vuelto nunca? ¿Era entonces la muerte un viaje?
En el vestíbulo, mientras iba escaleras abajo, la madre dejó caer una botella de champaña.
Edwin lo oyó y sintió frío, pues el pensamiento que lo asaltó entonces fue: ése es el sonido de mamá. Si ella se caía, si se rompía, a la mañana siguiente uno descubriría un millón de fragmentos.
Unos cristales brillantes y un vino claro en la alfombra, eso era todo lo que uno vería al alba.
La mañana fue un aroma de viñas y uvas y musgo en el cuarto de Edwin, un aroma de
sombra fresca. Escaleras abajo, en ese mismo instante, el desayuno estaba quizá manifestándose a sí mismo como un castañeteo de dedos sobre las mesas invernales.
Edwin se levantó para lavarse y vestirse y esperó, sintiéndose magníficamente bien. Ahora todo parecería fresco y nuevo por lo menos durante un mes. Hoy, como todos los días, habría desayuno, escuela, almuerzo, canciones en la sala de música, una hora o dos de juegos eléctricos, y luego... té en las Tierras Exteriores, sobre el césped luminoso. Después otra vez la escuela, en una última hora tardía, rondando junto con la maestra la biblioteca censurada, devanándose los sesos ante palabras y pensamientos que hablaban del mundo exterior censurado.
Había olvidado la nota de la maestra. Tenía que dársela a la madre.
Abrió la puerta. El vestíbulo estaba vacío. Descendiendo a las profundidades de los
Mundos, flotaba una niebla tenue, y ninguna pisada quebraba el silencio. Había quietud en las colinas; las fuentes de plata no latían a la primera luz del sol, y la baranda que subía retorciéndose entre las nieblas era un monstruo prehistórico que husmeaba el dormitorio. Se apartó de la criatura, buscando a la madre, como un bote blanco arrastrado por las mareas del alba y los vapores abisales.
La madre no estaba allí. Se precipitó descendiendo por las tierras serenas, gritando:
-¡Mamá!
La encontró en la sala, echada en el suelo. Tenía puesto el brillante vestido de fiesta de color verde oro, y apretaba en una mano el cuello de una botella de champaña. La alfombra estaba cubierta de vidrios.
La madre dormía, obviamente, de modo que Edwin se sentó a la mágica mesa del desayuno.
Miró parpadeando el mantel blanco y vacío y los platos resplandecientes. No había comida. Toda la vida lo habían esperado allí unos alimentos maravillosos. Hoy no.
-¡Mamá, despierta! -Corrió hacia la madre.- ¿Iré a la escuela? ¿Dónde está la comida?
¡Despierta!
Corrió escaleras arriba.
En las Tierras Altas había frío y sombras, y los soles de vidrio blanco no brillaban más en los techos de ese día, de nieblas tétricas. Edwin corrió por pasillos oscuros, por descoloridos continentes de silencio. Llamó y llamó a la puerta de la escuela. La puerta se abrió lentamente, sola, gimiendo.
La escuela estaba vacía y oscura. En la chimenea no rugía ningún fuego arrojando sombras a las vigas del techo... No se oía ningún crujido, ningún suspiro.
-¿Maestra?
Edwin se detuvo en el centro de la habitación muerta y helada.
-¡Maestra! -gritó.
Tiró de las cortinas; un débil rayo de sol cayó atravesando los vidrios emplomados.
Edwin movió las manos. Le ordenó al fuego que estallara como un grano de maíz. Le
ordenó que floreciera en vida. Cerró los ojos, esperando a que la maestra apareciera. Abrió los ojos y miró estupefacto el pupitre.
La túnica y la bufanda gris estaban allí cuidadosamente dobladas, y los lentes de plata brillaban encima, al lado de un guante gris. Edwin los tocó. El otro guante había desaparecido.
Descubrió encima de la túnica un pedazo de lápiz de cosmética. Lo probó dibujándose unas líneas oscuras en las manos.
Retrocedió, los ojos clavados en la túnica vacía, los lentes, el lápiz grasoso. Tocó el pestillo de una puerta que siempre había estado cerrada. La puerta se abrió lentamente. Edwin se encontró mirando el interior de un armarito pardo.
-¡Maestra!
Entró de prisa en el armario, y la puerta se cerró bruscamente, detrás. Apretó un botón rojo.
La habitación se hundió, y junto con ella se hundió también una frialdad lenta y mortal. En el mundo había silencio, quietud y calma. La maestra había desaparecido, y la madre... dormía. El cuarto cayó todavía más, sosteniendo a Edwin entre unas mandíbulas de hierro.
Un golpe de maquinarias. Una puerta se abrió deslizándose. Edwin salió corriendo. ¡La
sala!
Detrás no dejaba una puerta sino un simple panel de roble.
La madre yacía aún en el piso, imperturbable. Edwin movió el cuerpo y alcanzó a ver
debajo un guante gris y blando, un guante de la maestra.
Se quedó de pie junto a la madre, largo rato, mirando el guante increíble que tenía en la mano. Al fin se puso a gimotear.
Huyó corriendo a las Tierras Altas. La chimenea estaba fría; el cuarto, vacío. Esperó. La maestra no aparecía. Descendió de nuevo corriendo a las solemnes Tierras Bajas, y le ordenó a la mesa que se cubriera con platos humeantes. No ocurrió nada. Se sentó junto a la madre, hablándole y rogándole y tocándola, y las manos de ella estaban frías.
El tictac del reloj continuó y la luz cambió en el cielo y la madre no se movía, y Edwin tenía hambre y el polvo silencioso descendía en el aire a través de todos los Mundos. Edwin pensó en la maestra y supo que no estaba en ninguna de las colinas y montañas de arriba, y que sólo podía estar en un sitio. Había entrado por error en las Tierras Exteriores, y se había extraviado y no saldría de allí hasta que alguien fuera a buscarla. De modo que él, Edwin, tenía que salir, llamarla, traerla de vuelta para despertar a mamá, pues si no mamá se quedaría allí para siempre mientras el polvo caía en los vastos espacios oscurecidos.
Atravesó la cocina, salió por atrás, y encontró el sol poniente y oyó débilmente los cascos de las Bestias más allá de la frontera del Mundo. Se apoyó en la pared del jardín, no atreviéndose a seguir, y en las sombras, a la distancia, vio la caja rota que había arrojado por la ventana. Unas motas de luz solar chispeaban en la tapa rota y tocaban temblorosamente una y otra vez la cara del polichinela, que había saltado afuera y ahora abría los brazos en un eterno ademán de libertad. El muñeco sonreía y no sonreía, sonreía y no sonreía, mientras el sol parpadeaba sobre la boca, y Edwin miraba, de pie, hipnotizado, por encima y más allá. El muñeco abría los brazos hacia el sendero que se alejaba entre los árboles secretos, el sendero prohibido, manchado por los
excrementos oleosos de las Bestias. Pero el sendero se extendía en silencio y el sol calentaba y Edwin oyó el viento que soplaba apenas entre los árboles. Al fin se adelantó dejando atrás la pared del jardín.
-¿Maestra?
Siguió caminando a lo largo del sendero, unos pocos metros.
-¡Maestra!
Los zapatos le resbalaban en los excrementos de las Bestias, y Edwin miraba sin ver el extremo del túnel inmóvil. El sendero se movía debajo, los árboles encima.
-¡Maestra!
Caminó lentamente, pero sin detenerse ni aminorar la marcha. Al fin se volvió. Detrás se extendía el Mundo y aquel nuevo silencio. ¡El Mundo parecía disminuido, menor! Qué raro era verlo más pequeño que antes. Hasta hacía poco había sido siempre inmenso, y Edwin no había pensado nunca que cambiaría alguna vez. Sintió que se le paraba el corazón. Dio un paso atrás.
Pero casi en seguida sintió que el silencio del Mundo lo aterrorizaba y se volvió de nuevo hacia el sendero del bosque.
Todo lo que se extendía delante era nuevo. Los olores le colmaban la nariz; los colores, las formas raras, las dimensiones increíbles le colmaban los ojos.
Si corro más allá de los árboles me moriré, pensó, pues eso es lo que mamá decía. Te
morirás, te morirás.
Pero ¿qué era morirse? ¿Otro cuarto? ¡Un cuarto azul, un cuarto verde, mucho más grande que todos los cuartos anteriores! Pero ¿y la llave? Allá, muy lejos, un portón de hierro abierto de par en par, una puerta de hierro forjado. ¡Más allá un cuarto tan inmenso como el cielo, todo coloreado de verde con hierbas y árboles! Oh, mamá, maestra...
Edwin corrió, tropezó, cayó, se levantó, corrió de nuevo, y dejó atrás las piernas
entumecidas mientras caía y caía por la pendiente de una loma, fuera del sendero, gimoteando, llorando; y al fin los gimoteos y los llantos se transformaron en nuevos sonidos. Llegó a la puerta de hierro enmohecida y chirriante y la cruzó de un salto. El Universo se bamboleó detrás. Edwin corrió otra vez y ya no miró más los Mundos Antiguos, que se marchitaron y desvanecieron.
El policía se detuvo al borde de la acera, mirando la calle.
-Esos niños..., no los entenderé nunca.
-¿Qué pasó? -preguntó el peatón.
El policía pensó un rato frunciendo el ceño.
-Hace un par de segundos un niño pasó corriendo. Reía y lloraba, reía y lloraba, todo a la vez. Saltaba arriba y adelante y tocaba todas las cosas. Cosas corno faroles, postes telefónicos, bocas de agua, perros, gente. Cosas como aceras, vallas, puertas, coches, ventanas de vidrio esmerilado, cilindros de barbería. Demonios, hasta me tocó a mí y me miró, y miró el cielo, y viera cómo lloraba, y en todo ese tiempo gritaba y gritaba algo raro.
-¿Qué gritaba? -preguntó el peatón.
-Gritaba siempre: «¡Estoy muerto, estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto,
estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto, estoy muerto, es bueno estar muerto!». -El policía se rascó lentamente la barbilla.- Otro de esos nuevos juegos de niños, supongo.

el lago

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos niños gritones jugaban con pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.
Subí corriendo por la playa.
Mamá me frotó con una esponjosa toalla.
-Quédate aquí y sécate -dijo.
Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.
-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.
-Espera que vea mi carne de gallina -dije.
-Harold -dijo mamá.
Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.
Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.
Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.
Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.
Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.
Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.
-Mamá, quiero correr por la playa.
-De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.
Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.
Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.
De manera que yo estaba realmente solo.
Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.
Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:
-¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!
Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...
-El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.
Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.
Grité su nombre una y otra vez.
-¡Tally! ¡Oh, Tally!
El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.
-¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!
Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.
-¡Tally!
Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.
Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.
-Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.
Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.
No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.
Subí silenciosamente por la playa.
Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.
Salí en el tren al día siguiente.
Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.
Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.
Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.
Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.
El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.
Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.
¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.
Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.
Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.
Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.
Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.
La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.
Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.
-Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía.
-Pero ¿por qué?
-Quédate aquí, eso es todo...
Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.
-¿Qué es eso? -le pregunté.
El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió.
-¿Qué es? -insistí.
-Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente.
Esperé.
-Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo.
Repetí sus palabras.
-¿Mucho tiempo?
-Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable.
-Abra el saco -dije, sin saber por qué.
El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.
-Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir. -¡Vamos, ábralo! -grité.
-Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña...
Abrió el saco lo justo.
La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.
Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.
-¿Dónde la encontró? -pregunté.
-Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?
Sacudí la cabeza.
-Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.
Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.
El salvavidas ató el saco de nuevo.
Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.
-Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo.
Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.
Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban .
Entonces... me di cuenta.
-Te ayudaré a acabarlo -dije.
Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.
Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba sonriendo...

el ruido de un trueno

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! -Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
- ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
- Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
- Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores: -¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. Dios mío, estamos arruinados. Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso - dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 

1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.
SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
- ¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.

la pradera

-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un sicólogo para que se la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un sicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.
Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.
-Bien -dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. "Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos", había dicho George.
La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció un sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.
-Vamos a quitarnos del sol -dijo-. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.
-Espera un momento y verás -dijo su mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
-Alimañas asquerosas -le oyó decir a su mujer.
-Los buitres.
-¿Ves? Allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo Lydia-. No sé qué.
-Algún animal -George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.
-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó especialmente tensa.
-No, ya es un poco tarde para estar seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.
-No.
-¡Hace un momento!
-Lo siento, pero no.
Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba! Y allí estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.
Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.
-¡Cuidado! -gritó Lydia.
Los leones venían corriendo hacia ellos.
Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.
-¡George!
-¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!
-¡Casi nos atrapan!
-Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco... África en tu salón, pero sólo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.
-Estoy asustada -Lydia se le acercó, pego su cuerpo al de él y lloró sin parar-. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.
-Vamos a ver, Lydia...
-Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.
-Claro que sí... Claro que sí -le dio unos golpecitos con la mano.
-¿Lo prometes?
-Desde luego.
-Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.
-Ya sabes lo difícil que resulta Peter con eso. Cuando lo castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación..., ¡menuda rabieta cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.
-Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.
-Muy bien -de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta-. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.
-No lo sé... No lo sé -dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla-. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?
-¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?
-Sí -Lydia asintió con la cabeza.
-¿Y zurcirme los calcetines?
-Sí -un frenético asentimiento, y unos ojos que se humedecían.
-¿Y barrer la casa?
-¡Sí, sí... , claro que sí!
-Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.
-Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado terriblemente nervioso.
-Supongo que porque he fumado en exceso.
-Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.
-¿Y no lo soy? -hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.
-¡Oh, George! -Lydia lanzó una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños-. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden? Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.
-Claro que no -dijo.

Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Con que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.
-Nos olvidamos del ketchup -dijo.
-Lo siento -dijo un vocecita del interior de la mesa, y apareció el ketchup. En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol... sol. Jirafas... jirafas. Muerte y muerte.
Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete. Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león... Y repetido una y otra vez.
-¿Adónde vas?
No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.
Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente. Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real -todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado-. Había visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos, u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor. Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo... Ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención. George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándolo. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.
-Largo -les dijo a los leones.
No se fueron.
Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.
-Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa -dijo chasqueando los dedos. La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.
-¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! -repitió.
No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.
-¡Aladino!
Volvió al comedor.
-Esa estúpida habitación está averiada -dijo-. No quiere funcionar.
-O...
-¿O qué?
-O no puede funcionar -dijo Lydia-, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.
-Podría ser.
-O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.
-¿Conectado?
-Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.
-Peter no conoce la maquinaria.
-Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es...
-A pesar de eso...
-Hola, mamá. Hola, papá.
Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.
-Llegan justo a tiempo de cenar -dijeron los padres.
-Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes -dijeron los niños, cogidos de la mano-. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.
-Sí, vamos a hablar de vuestro cuarto de jugar -dijo George Hadley. Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.
-¿El cuarto de jugar?
-De lo de África y de todo lo demás -dijo el padre con una falsa jovialidad.
-No te entiendo -dijo Peter.
-Mamá y yo hemos estado viajando por África; Tom Swift y su león eléctrico - explicó George Hadley.
-En el cuarto no hay nada de África -dijo sencillamente Peter.
-Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.
-No me acuerdo de nada de África -le comentó Peter a Wendy-. ¿Y tú?
-No.
-Vayan corriendo a ver y vuelvan a contarnos.
La niña obedeció.
-Wendy, ¡vuelve aquí! -dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.
-Wendy mirará y vendrá a contarnos -dijo Peter.
-Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.
-Estoy seguro de que te has equivocado, padre.
-No me he equivocado, Peter. Vamos
Pero Wendy volvía ya.
-No es África -dijo sin aliento.
-Ya lo veremos -comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.
Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y el hada Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en torno a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas. 

George Hadley contempló la escena que había cambiado.
-Vayan a la cama -les dijo a los niños.
Éstos abrieron la boca.
-Ya me escucharon -dijo el padre.
Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.
George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.
-¿Qué es eso? -preguntó ella.
-Una vieja cartera mía -dijo él.
Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados. Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.
En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.
-¿Crees que Wendy la habrá cambiado? -preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.
-Naturalmente.
-¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?
-Sí.
-¿Por qué?
-No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.
-¿Cómo ha llegado allí tu cartera?
-Yo no sé nada -dijo él-, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa...
-Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.
-Es lo que me estoy empezando a preguntar -George Hadley clavó la vista en el techo.
-Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa... ¡Secretos, desobediencia!
-¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables..., admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.
-Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.
-No son lo suficientemente mayores para ir solos. Lo expliqué.
-Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.
-Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.
Unos momentos después, oyeron los gritos.
Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.
-Wendy y Peter no están en sus dormitorios -dijo su mujer. Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.
-No -dijo él-. Han entrado en el cuarto de jugar.
-Esos gritos... suenan a conocidos.
-¿De verdad?
-Sí, muchísimo.
Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.

-¿Padre? -dijo Peter.
-¿Qué?
Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.
-Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?
-Eso depende.
-¿De qué? -soltó Peter.
-De ti y de tu hermana. De que mezclen África con otras cosas... Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China...
-Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.
-La tienen, con unos límites razonables.
-¿Qué pasa de malo con África, padre?
-Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?
-No quiero que el cuarto de jugar esté cerrado con llave -dijo fríamente Peter-. Nunca.
-En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.
-¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?
-Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?
-No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.
-Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.
-Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?
-Muy bien, vete a jugar a África.
-¿Cerrarás la casa pronto?
-Lo estamos pensando.
-Creo que será mejor que no lo piensen más, padre.
-¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!
-Muy bien -y Peter penetró en el cuarto de jugar.

-¿Llego a tiempo? -dijo David McClean.
-¿Quieres desayunar? -preguntó George Hadley.
-Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?
-David, tú eres sicólogo.
-Eso espero.
-Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?
-No podría decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho nada. Cruzaron el vestíbulo.
-Cerré la habitación con llave -explico el padre-, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.
De la habitación salían gritos terribles.
-Ahí lo tienes -dijo George Hadley-. Veamos lo que consigues. Entraron sin llamar.
-Salgan afuera un momento, chicos -dijo George Hadley-. No, no cambien la combinación mental. Dejen las paredes como están.
Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.
-Me gustaría saber de qué se trata -dijo George Hadley-. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prismáticos potentes y...?
David McClean se rió.
-Difícilmente -se volvió para examinar las cuatro paredes-. ¿Cuánto hace que pasa esto?
-Algo más de un mes.
-La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.
-Yo quiero hechos, no impresiones.
-Mira, George querido, un sicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.
-¿Es tan mala?
-Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia... ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.
-¿Ya has notado esto con anterioridad?
-Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?
-No les dejé que fueran a Nueva York.
-¿Y qué más?
-He quitado algunos de los aparatos de la casa y los amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.
-Vaya, vaya.
-¿Significa algo eso?
-Todo. Donde antes tenían a un Papá Noel, ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa los reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de sus hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año, espera y verás.
-Pero ¿no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?
-Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo.
Los leones estaban terminando su festín rojo. Se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.
-Ahora estoy sintiendo que me persiguen -dijo McClean-. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.
-Los leones no son reales, ¿verdad? -dijo George Hadley-. Supongo que no habrá ningún modo de...
-¿De qué?
-... ¡De que se vuelvan reales!
-No, que yo sepa.
-¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?
-No.
Se dirigieron a la puerta.
-No creo que a la habitación le guste que la desconecten -dijo el padre.
-A nadie le gusta morir... Ni siquiera a una habitación.
-Me pregunto si me odia por querer desconectarla.
-La paranoia abunda por aquí hoy -dijo David McClean-. Puedes utilizar esto como pista. Mira -se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado-. ¿Es tuyo?
-No -la cara de George Hadley estaba rígida-. Pertenece a Lydia. Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de jugar.
Los dos niños estaban histéricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.
-¡No le puedes hacer eso al cuarto de jugar, no puedes!
-Vamos a ver, chicos.
Los niños se arrojaron en un sofá, llorando.
-George -dijo Lydia Hadley-, vuelve a conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.
-No.
-No seas tan cruel.
-Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!
Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano. La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.
-¡No los dejes hacerlo! -gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar-. No dejes que mi padre lo mate todo -se volvió hacia su padre-. ¡Te odio!
-Los insultos no te van a servir de nada.
-¡Quisiera que estuvieses muerto!
-Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.
Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.
-Sólo un momento, sólo un momento, sólo otro momento en el cuarto de jugar -gritaban.
-Oh, George -dijo la mujer-. No les hará daño.
-Muy bien... muy bien, siempre que se callen. Un minuto, ténganlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.
-Papá, papá, papá -dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.
-Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.
Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.
-Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos -dijo suspirando.
-¿Los has dejado en el cuarto?
-También yo me quería vestir. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?
-Bueno, dentro de cinco minutos y pico estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?
-El orgullo, el dinero, la estupidez.
-Creo que será mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.
Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.
-Papá, mamá, vengan enseguida... ¡enseguida!
Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.
-¿Wendy? ¡Peter!
Corrieron al cuarto de jugar. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.
-¿Peter, Wendy?
La puerta se cerró dando un portazo.
-¡Wendy, Peter!
George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.
-¡Abran esta puerta! -gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte-. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! -golpeó la puerta-. ¡Abran!
Oyó la voz de Peter afuera, pegada a la puerta.
-No los dejen desconectar la habitación y la casa -estaba diciendo.
George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.
-No sean absurdos, chicos. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y...
Y entonces oyeron los sonidos.
Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.
Los leones.
George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso. George Hadley y su mujer gritaron.
Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.

-Muy bien, aquí estoy -dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar-. Oh, hola -miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar-. ¿Dónde están sus padres?
Los niños alzaron la vista y sonrieron.
-Oh, estarán aquí enseguida.
-Bien, porque nos tenemos que ir -a lo lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.
Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.
Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.
Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.
-¿Una taza de té? -preguntó Wendy en medio del silencio.